Formato PDF. Aquí tienes el resumen de este otro número de "La Familia Burrón" (17002):
La historia:
Todo empieza cuando Borola convence a Regino de entrar a una tienda a "ver" un abrigo de pieles, prometiendo que solo van a curiosear sin comprar nada. Pero, como era de esperarse, Borola se enamora del abrigo y termina presionando a Regino para que lo compre, aunque él "anda muy mal de dinero". Regino cae en el juego de las vendedoras (que los distinguen de inmediato como gente humilde) y termina apartando el costoso abrigo de chinchilla, prometiendo pagarlo al día siguiente cuando Borola vaya a "liquidarlo".
Mientras tanto, en casa, la situación económica real de la familia queda al descubierto: Borola y Macuca no tienen ropa interior decente, todo está lleno de parches, y Regino no les ha comprado ropa en mucho tiempo porque gasta el dinero en reparar y pintar su changarro (la peluquería). Las vecinas de la vecindad están en la misma situación: todas se quejan de que sus maridos gastan en sus propios negocios o vicios, pero no en vestir a la familia.
Aquí viene la parte más disparatada: las mujeres de la vecindad, hartas de la situación, deciden organizarse y transformar toda la vecindad en una "guarida cavernaria". Con la excusa de que "los cavernícolas se vestían con pieles" y así no necesitan comprar ropa, convierten sus casas en cuevas de cartón y piedra, se visten con pieles de animal print, y adoptan un estilo de vida "prehistórico" completo con cuernos que tocan para llamar a comer, cacería de un toro para hacer un guisado comunal, etc.
Los hombres, avergonzados y sin poder objetar (porque técnicamente resuelve el problema de la ropa), terminan aceptando el arreglo, aunque disgustados de que sus esposas anden "en taparrabo" frente a los vecinos.
El desenlace: el dueño de la propiedad se entera de que han convertido su vecindad en cuevas de yeso y ladrillo (dañando su inmueble) gracias a un chisme, y llega con la policía. Amenaza con meterlas a la cárcel si no regresan todo a la normalidad para el día siguiente. Las mujeres deben volver a vestirse "como Dios manda" (aunque siguen usando "garras" —ropa vieja— debajo del vestido, ya que ninguno de los maridos les compró ropa nueva). Termina en un anticlímax: todo el esfuerzo cavernario resultó inútil y la pobreza sigue igual.
Es otro episodio clásico de humor costumbrista de Gabriel Vargas, satirizando las tensiones económicas de las familias de clase trabajadora mexicana, con el toque absurdo característico de la serie (aquí con el simpático anacronismo de "modernas" mujeres de los 70 jugando a ser troglodicas).


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