Monólogo Interno de Lucila Ballenato: El Amor que Cabe en un Abrazo de Amiga

 


 🦍 Lugar: La azotea de la vecindad donde vive Lucila. Es de noche. La ciudad brilla a lo lejos, pero aquí arriba solo se oye el viento y los ronquidos de Renato durmiendo en el sofá de abajo.

Acción: Lucila está sentada en el borde del techo, comiendo unas nueces con cáscara (que rompe con los dientes) y mirando hacia la dirección de "La Hojaldra".

 

(Pensamiento de Lucila)

 

"Miro hacia allá, hacia donde huele a levadura y a silencio. Sé que Ruperto está ahí. Probablemente esté reparando alguna silla rota o contando las monedas para comprar medicina para el niño, Robertino. Ese niño... es tan frágil como una flor de cristal, y sin embargo, tiene más fuerza en esa sonrisa que todos los músculos de mi cuerpo juntos.

 

Hace años, cuando lo vi por primera vez después de que salió de la cárcel —o mejor dicho, después de que decidió salir de esa vida—, pensé: 'Este es mío'. No porque fuera guapo. Dios sabe que bajo esa bufanda hay cicatrices que asustan hasta a los valientes. No, lo quería porque era noble. Porque en un mundo lleno de ratas, él había decidido ser un hombre. Y yo, que he pasado la vida peleando a puñetazos para que no me pisaran, pensé que necesitaba a alguien así. Pensé que si me casaba con Ruperto, yo también sería 'decente'. Yo también tendría paz.

 

Intenté conquistarlo. Le llevé comida. Le arreglé la puerta de su cuarto en el hotel 'El Catre' a golpes de martillo. Le dije que lo amaba. Y él... ay, Ruperto. Él siempre fue tan educado. Tan triste. Me decía: 'Lucila, eres una gran mujer. Eres fuerte. Eres leal. Pero mi corazón ya tiene dueña'.

 

Al principio, odié a Bella. La odié con toda mi alma. Era tan... suave. Tan delicada. Una viuda santurrona que vivía del aire y de la lástima ajena, o eso creía yo. Pensaba: '¿Qué puede ofrecerle ella a un hombre como Ruperto? ¿Suspiros? ¿Miradas tímidas? ¡Yo puedo cargar sacos de cemento! ¡Yo puedo espantar a la policía con la mirada!'. Me dolía ver cómo él la miraba. Esa mirada que a mí nunca me dedicó. Una mirada de paz absoluta.

 

Pero luego... luego pasaron cosas. Recuerdo aquella vez que Bella me encontró tirada en la calle, borracha y golpeada después de una pelea con unos tipos que querían cobrarme una deuda de Renato. No me juzgó. No me dio sermones. Solo me limpió la sangre, me dio agua y me dijo: 'Lucila, tu fuerza no te hace menos mujer. Te hace una guerrera. Y las guerreras también merecen descanso'.

 

Nadie me había hablado así. Ni siquiera mi propia madre. Bella vio debajo de mis nudillos hinchados y vio a la niña que tenía miedo de estar sola. Y en ese momento, algo se rompió dentro de mí. El rencor se deshizo como azúcar en café caliente.

 

Entendí que Ruperto no necesitaba a alguien que peleara sus batallas; él ya sabía pelear, aunque eligiera no hacerlo. Necesitaba a alguien que le diera un lugar donde bajar la guardia. Necesitaba a Bella. Ella es su ancla. Si él estuviera conmigo, seguiríamos viviendo en la tormenta. Con ella, vive en el puerto.

 

Y me di cuenta de algo más importante: Amo a Ruperto. Lo amo tanto que prefiero verlo feliz con otra persona que infeliz conmigo. Eso duele, sí. A veces, cuando los veo caminar juntos, con el niño en el carrito, siento un pinchazo en el pecho. Pero luego sonrío. Porque sé que si alguien intenta lastimarlos, si algún policía corrupto o algún viejo compañero del hampa se les acerca... allí estaré yo.

 

No soy su esposa. No soy su amante. Soy su escudo. Soy la hermana que nunca tuvo, la amiga que no lo juzga por su pasado ni por su cara oculta. Y eso vale más que cualquier anillo de bodas.

 

Renato dice que soy una tonta por dejarlo ir. Dice que pude haber sido la señora Tacuche. Pero Renato no entiende nada. Él quiere poseer; yo quiero proteger. Él quiere tener; yo quiero cuidar.

 

(Lucila se lleva una nuez a la boca, la cruje con fuerza y sonríe, una sonrisa genuina y tranquila.)

 

"Que sean felices, Ruperto y Bella. Que el pan siempre esté caliente y que el niño nunca deje de reír. Y si el mundo se pone feo... bueno, para eso estoy yo. Para eso sirve tener unos brazos grandes. No para abrazar al hombre que amas, sino para sostener el mundo para que él pueda vivir en paz."

 

(Lucila se levanta, se sacude las migas de la ropa y mira hacia el horizonte. Ya no hay tristeza en sus ojos, solo una determinación feroz y amorosa.)

 

"Bueno, basta de sentimentalismos. Mañana tengo que conseguir trabajo para Renato antes de que lo encierren de nuevo. Y luego, pasaré por 'La Hojaldra'. Dicen que Ruperto hizo unas campechanas nuevas. Y si Bella está ahí, le llevaré flores. No porque tenga que hacerlo, sino porque quiero."

 

 🔑 Claves Psicológicas del Monólogo:

 

1.  Reconocimiento de la Incompatibilidad: Lucila admite honestamente que su relación con Ruperto habría sido tormentosa ("vivir en la tormenta"), mientras que Bella le ofrece estabilidad ("el puerto").

2.  Transformación del Rencor: El punto de inflexión no es romantico, sino humano. La empatía de Bella hacia la vulnerabilidad de Lucila disuelve el odio.

3.  Redefinición del Amor: Lucila pasa del amor posesivo ("Este es mío") al amor agápico o fraternal (desinteresado y protector).

4.  Orgullo de su Rol: No se ve a sí misma como la "perdedora" de la historia, sino como la "guardiana". Su fuerza física encuentra un propósito noble: proteger la felicidad de quienes ama, incluso si eso significa no ser parte de su intimidad.

5.  Contraste con Renato: La referencia a su hermano resalta la madurez de Lucila. Mientras Renato es egoísta, ella ha aprendido a dar sin esperar recibir.

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