La aventura del tianguis galáctico


En el Callejón del Cuajo número “chorrocientos chochenta y chocho”, la vida transcurría con el bullicio habitual de la vecindad. Doña Borola Tacuche de Burrón, con su característica cabellera  y su energía inagotable, planeaba una de sus locuras semanales. Esta vez, su mirada estaba puesta en el tianguis del barrio, donde, según un rumor, había llegado un puesto misterioso que vendía “chácharas intergalácticas”. La idea de algo tan exótico había encendido la chispa de su imaginación, y no había fuerza en la Tierra (ni en Marte) que la detuviera.


—¡Regino, mi chaparrín! —gritó Borola desde la cocina, mientras revolvía una olla de frijoles que despedían un sospechoso aroma a quemado—. ¡Hoy vamos al tianguis! Dicen que hay un puesto de cosas de otro mundo, y yo no me lo pierdo ni porque me amarren con lazos de ixtle!


Don Regino Burrón, sentado en su peluquería “El Rizo de Oro”, donde el único cliente era el perro Wilson roncando bajo una silla, suspiró profundamente. Sabía que cuando a Borola se le metía una idea, era como intentar detener un tranvía con las manos.


—Borola, mi reina, ¿no te basta con las ollas que compraste la semana pasada? —respondió Regino, limpiando unas tijeras que no habían cortado un pelo en días—. Además, ¿qué es eso de “chácharas intergalácticas”? Suena a cuento de merolico.


—¡Ay, Regino, no seas aguafiestas! —replicó Borola, entrando a la peluquería con una sartén en la mano—. ¡Esto es el futuro! ¡Dicen que hasta venden aparatos que te hacen volar! ¡Imagínate, yo, Borola Tacuche, surcando los cielos como paloma de vecindad!


Macuca, la hija adolescente de los Burrón, asomó la cabeza desde el patio, donde estaba leyendo una revista de modas. 


—Mamá, no creo que sea buena idea —dijo con su voz tímida, ajustándose las gafas—. La última vez que fuiste al tianguis, terminaste comprando un “robot trapeador” que resultó ser una escoba con luces de Navidad.


—¡Eso fue un malentendido, Pechocha! —se defendió Borola, agitando la sartén—. Esta vez es diferente. ¡Fóforo, Regino Chico, Wilson, todos al tianguis! ¡Esto va a estar de rechupete!


Fóforo Cantarranas, el hijo adoptivo, salió de su cuarto tocando la mandolina con aire distraído. 


—¿Tianguis? —preguntó, rascándose la cabeza—. ¿Y si mejor nos quedamos a ver la tele? Están pasando una película de marcianos.


—¡Marcianos, marcianos! —Borola dio un salto—. ¡Justo por eso vamos, pequeño trovador! ¡Quién sabe si hasta encontramos a tu amigo Kakiko Kukufate vendiendo sus cacharros de Marte!


Regino Chico, el hijo menor, conocido por sus travesuras, salió corriendo con una resortera en la mano. 


—¡Yo voy, pero solo si me compras un cohete! —exigió, apuntando a Wilson, que despertó y ladró indignado.


Con la familia reunida (y Wilson a regañadientes), los Burrón se dirigieron al tianguis. El mercado estaba abarrotado: señoras regateando por aguacates, niños corriendo entre los puestos, y un olor a tacos de suadero que hacía gruñir el estómago de cualquiera. En medio de todo, destacaba un puesto cubierto por una lona brillante, con luces parpadeantes y un letrero que decía: “Chácharas Cósmicas del Cosmos”.


—¡Ahí está! —gritó Borola, jalando a Regino con tanta fuerza que casi lo tira al suelo—. ¡Mira qué chipocludo, Regino! ¡Esto es de otro mundo!


El vendedor, un tipo flaco con gafas oscuras y una capa plateada, los recibió con una sonrisa que parecía más de estafador que de extraterrestre.


—¡Bienvenidos, terrestres! —dijo con voz teatral—. Soy Zorak, mercader intergaláctico. Aquí tengo maravillas de la galaxia: desde trapeadores sónicos hasta comunicadores estelares. ¿Qué desea la señora?


Borola, con los ojos brillando, señaló un aparato que parecía una licuadora con antenas. 


—¡Eso quiero! — exclamó—. ¿Qué hace?


—Ese, mi estimada señora, es un Generador de Antigravedad Portátil —respondió Zorak, guiñando un ojo—. ¡Con esto, flotará como pluma en el viento!


—¡Vendido! —gritó Borola, sacando un fajo de billetes arrugados—. ¡Regino, paga!


Regino, con la cara de quien sabe que está a punto de perder sus ahorros, intentó protestar.


—Borola, ¿no crees que deberíamos…? 


Pero ya era tarde. Borola ya estaba probando el aparato, que emitía un zumbido sospechoso. De pronto, con un chasquido, Borola comenzó a elevarse lentamente del suelo.


—¡Mira, Regino! ¡Estoy volando! —gritó, agitando los brazos mientras subía un metro… dos metros… tres metros…


—¡Mamá, bájate! —chilló Macuca, tapándose los ojos.


—¡Borola, te vas a romper el pescuezo! —gritó Regino, corriendo tras ella mientras Wilson ladraba como loco.


Fóforo, siempre ingenioso, tomó una cuerda de un puesto cercano y la lanzó hacia Borola. 


—¡Agárrala, doña Borola! —gritó.


Pero Borola, en su entusiasmo, no escuchaba. El aparato zumbó más fuerte, y de repente, ¡pum! Borola salió disparada hacia el cielo, dejando una estela de polvo y gritos.


—¡Aaaaaay, qué rechupete! —se le oyó gritar desde las alturas.


En la vecindad, el rumor de que Borola estaba volando se esparció como pólvora. Avelino Pilongano, el poeta holgazán, levantó la vista desde su hamaca en el patio y murmuró: 


—Esa Borola… siempre alterando la poesía del cosmos.


Mientras tanto, en el tianguis, Zorak se rascaba la cabeza. 


—Eeeh, creo que olvidé mencionar que el Generador de Antigravedad solo funciona por cinco minutos —dijo, mirando a Regino con cara de culpa.


—¿Cinco minutos? —Regino se puso pálido—. ¡Mi Borola va a caer como costal de papas!


Por suerte, Borola no estaba tan lejos. El aparato comenzó a fallar, y ella descendió lentamente, aterrizando en un puesto de elotes. El vendedor, un señor con bigote, la miró con una mezcla de susto y admiración.


—Oiga, señora, ¡nunca había visto a alguien caer del cielo y pedir un elote con todo! —dijo.


—¡Póngale doble crema, joven! —respondió Borola, como si nada hubiera pasado.


De vuelta en la vecindad, la familia Burrón se reunió para cenar. Borola, con un elote en la mano y el pelo más desordenado que de costumbre, narraba su aventura con entusiasmo.


—¡Y entonces, Regino, vi el Callejón del Cuajo desde el cielo! ¡Parecía un hormiguero de gente chipocluda! 


Macuca suspiró. 


—Mamá, prométeme que la próxima vez comprarás algo normal, como una olla.


Fóforo, tocando su mandolina, añadió: 


—O un cohete para mí, doña Borola. Si va a seguir volando, ¡quiero ir con usted!


Regino, agotado, solo negó con la cabeza. 


—Borola, mi amor, la próxima vez que quieras volar, te compro un papalote. Es más barato y menos peligroso.


Wilson ladró en aprobación, y la vecindad estalló en risas. Así, entre locuras, risas y el calor de la familia, los Burrón siguieron su vida en el Callejón del Cuajo, listos para la próxima aventura que, sin duda, Borola ya estaba planeando.


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