En una soleada mañana en el Callejón del Cuajo, corazón vibrante de la Ciudad de México, Doña Gamucita Botello Pericocha, con sus zapatos gigantes y su estatura de hormiguita laboriosa, cargaba un bulto de ropa ajena para lavar. En la única cama de su humilde habitación, Avelino Pilongano, su hijo, roncaba como trompo, soñando con rimas sobre acémilas y puertas.
El Ultimátum de Gamucita
— ¡Avelino, levántate, babotas! —gritó Gamucita, blandiendo una escoba como si fuera una varita mágica defectuosa—. ¡Es mediodía y tú en la cama como rey en palacio! ¿Cuándo buscarás un trabajo de verdad? ¡Yo me deslomo lavando trapos y tú componiendo versos que ni el diablo entiende!
Avelino abrió un ojo legañoso, su cabello como nido de pájaros. — Mamá, no interrumpas mi flujo poético —dijo con voz teatral—. Anoche compuse una obra maestra: Acémila somnolienta, ¿por qué roncas en la tienda? Acémila desvelada, te pisaré la almohada. Es un tributo a la pereza cósmica. Un artista como yo no puede rebajarse a trabajos vulgares.
Gamucita suspiró con fuerza. — ¡Pereza cósmica! ¡Lo que tienes es flojera terrestre! Ayer vi un anuncio: buscan repartidores de propaganda comercial en la Agencia El Volante Veloz. ¡Pagando por hora! Solo caminas y metes papelitos en buzones. Hasta un babotas como tú puede hacerlo. Si no sales hoy, te echo con todo y tus Vibraciones del Caletre.
Avelino se incorporó, fingiendo horror. — ¿Echarme? ¡Eso sería el fin de la poesía mexicana! Octavio Paz y Carlos Monsiváis llorarían mi partida. Está bien, iré, pero solo para probar que el trabajo es un caos indigno de mi genio.
El Encuentro con los Burrón
Avelino, con camisa arrugada y pantalones oliendo a café rancio, salió al Callejón del Cuajo. Frente a la casa de los Burrón, Regino Burrón regaba macetas con agua dudosa.
— ¡Hola, Avelino! —saludó Regino, ajustando su sombrero raído—. ¿A dónde tan temprano? ¿A componer odas al sol?
— No, don Regino —suspiró Avelino—. Voy a buscar trabajo. Repartidor de propaganda. Mamá me obliga. ¿Sabe dónde está esa agencia del periódico?
Regino se rascó la cabeza. — En Avenida Revolución, El Volante Veloz. Pero cuidado, el jefe, Don Pánfilo, es un gritón que parece toro en rodeo. ¡Suerte! Y si ves a mi Borola, dile que no gaste en chucherías.
Avelino asintió, murmurando: Volante veloz, ¿por qué me obligas al trote? Volante traidor, te pisaré el borde. Llegó a la agencia, un edificio destartalado con letreros chillones. Dentro, Don Pánfilo, un hombre robusto con bigote espeso, lo recibió.
— ¡Buenos días! Soy Don Pánfilo, el dueño. ¿Vienes por el puesto de repartidor? —bramó, mirando a Avelino como si fuera un poema mal rimado.
— Sí, señor —dijo Avelino, enderezándose—. Soy Avelino Pilongano, poeta laureado de San Teporingo de las Iguanas. Temporalmente, acepto este... desafío mortal.
Don Pánfilo rió, haciendo temblar las ventanas. — ¡Poeta! Mientras camines y no te caigas en charcos. Toma este fajo de volantes: propaganda de la lavandería La Espuma Mágica. Repártelos en Coyoacán. Mil al día, pago al final. ¡Y nada de leerlos como novelas!
Avelino tomó el pesado paquete y salió tambaleando. Esto es peor que caer del Cerro de la Estrella, pensó.
Desastres Poéticos en Coyoacán
En las calles empedradas de Coyoacán, Avelino comenzó a repartir volantes. Pero, fiel a su naturaleza, se distrajo componiendo: Perro lanudo, ¿qué buscas en el lodo? Perro sin dueño, te pisaré el... ¡ay! Tropezó con una piedra, y el fajo voló, aterrizando en un puesto de tacos al pastor.
El taquero, Chucho, lo miró furioso. — ¡Oye, baboso! ¡Tus papelitos cayeron en mi salsa! Ahora mis tacos saben a tinta. ¿Quién paga esto?
Avelino, rojo, balbuceó: — Señor, es arte publicitario. Piense en tacos con mensaje: La Espuma Mágica lava hasta el alma. ¿Quiere uno gratis?
Chucho lo ahuyentó con una espátula. — ¡Fuera antes de que te lave la cara!
Avelino recogió los volantes empapados en salsa, ahora atrayendo perros callejeros. En la siguiente esquina, topó con una manifestación estudiantil. Intentó repartir, pero un joven barbudo leyó un volante.
— ¿Lava tu ropa como por arte de magia? —rió—. ¡Compañeros, esto es el capitalismo! ¡Quemen los volantes!
Avelino vio horrorizado cómo sus papelitos ardían en una fogata. — ¡No! ¡Eso es vandalismo poético! ¡Mi jefe me matará!
Huyó, pero chocó con una anciana con una canasta de frutas. Manzanas y mangos rodaron. — ¡Ay, mi mercancía! —gritó la señora—. ¡Torpe!
— Lo siento, doña —jadeó Avelino—. Permítame: Fruta rodante, ¿por qué huyes de mi pie? Fruta madura, te pisaré la... cáscara.
La anciana lo persiguió con un mango. Avelino escapó y se sentó exhausto en un banco. El trabajo es tortura medieval, pensó.
La Intervención de Borola
Entonces vio a Borola Burrón en el mercado, con su peinado extravagante y vestido floreado. — ¡Doña Borola! —la llamó—. ¿Me ayuda? Mamá dice que usted es experta en... distribuir cosas.
Borola lo miró con curiosidad. — ¡Avelinito trabajando! ¡Milagro! ¿Qué son estos papelitos? Lavandería, ¡dame unos! Los reparto en la vecindad. Pero compónme un poema sobre mi belleza.
Avelino improvisó: Borola radiante, como flor en el desierto. Borola divina, te pisaré... el corazón con ternura.
Borola rió. — ¡Qué chistoso! Toma, yo me encargo de la mitad. Dile a tu mamá que eres un héroe.
El Regreso a la Agencia
Al atardecer, Avelino volvió con la mitad de los volantes repartidos (gracias a Borola) y el resto manchados o quemados. Don Pánfilo lo esperaba.
— ¿Mil volantes? —preguntó.
Avelino tragó saliva. — Casi. Hubo incidentes poéticos: perros, manifestaciones, una anciana... Pero compuse un jingle: Volante que vuela, lava tu suela. Volante que cae, te pisará la suerte.
Don Pánfilo rió. — ¡Eres un desastre, pero me caes bien! Te contrato una semana más. Mañana, volantes de tacos. ¡Y nada de caer en la salsa!
En Casa con Gamucita
Gamucita esperaba con frijoles y café. — ¿Cómo te fue, hijo?
Avelino se dejó caer en la cama. — Mamá, el trabajo es un poema épico de desastres. Pero lo intentaré de nuevo. Mañana, tacos. ¿Quieres un volante?
Gamucita sonrió. — ¡Eso es mi poeta! Pero si fallas, te pisaré con mis zapatos gigantes.
Más Desastres y el Encuentro con los Carroña
Los días siguientes fueron un caos. Un día, los volantes terminaron en un río por un viento traicionero. Otro, un burro callejero los devoró pensando que eran forraje. Pero el colmo fue cuando Avelino repartía volantes de Cortes Mágicos, una peluquería, y se topó con el Conde Satán Carroña, el vampiro adicto a la “agua de jamaica”, en un salón de danzón.
— ¡Joven poeta! —dijo Satán Carroña, con su capa ondeando y colmillos brillando—. ¿Qué traes ahí? ¿Invitaciones a un festín de sangre?
— No, señor conde —respondió Avelino, nervioso—. Son volantes de una peluquería. Cortes Mágicos, tu pelo brilla como estrella.
Satán Carroña olfateó los volantes. — ¡Bah! Huelen a tinta, no a jamaica. ¿No tienes clientas jóvenes? Las señoras mayores tienen sangre con grumos, ¡puaj!
En ese momento, Cadaverina de Carroña, la esposa esquelética, apareció de la nada. — ¡Satán, deja de coquetear! —espetó, sus huesos traqueando—. Y tú, repartidor, ¿por qué no traes volantes para esqueletos? ¡Entre nosotros no hay gordos!
Avelino, sudando, improvisó: Esqueleto fino, ¿por qué brillas en el camino? Cadaverina divina, te pisaré... la calcita.
Cadaverina se desvaneció, molesta, mientras Satán reía. — ¡Buen verso, pero no me convences! Tráeme jovencitas mañana.
Avelino huyó, pero tropezó con Narciso, el mayordomo verde de los Carroña. — ¡Cuidado, mortal! —gruñó Narciso, con ojeras de siglos—. Tus volantes no sirven para mi insomnio eterno.
Pinga Diabla, la vampira amiga de Satán, apareció volando. — ¡Avelino! ¿Volantes? Dámelos, los repartiré en el cementerio. Pero escribe algo gótico: Cortes que sangran, en la noche se engalanan.
Avelino le dio un puñado, agradecido. — Gracias, doña Pinga. Vampira alada, tu corte es de alborada.
El Picnic con los Burrón
Días después, Avelino se cruzó con la Familia Burrón en un picnic en el Parque Hundido. Regino, Borola, Macuca, Foforito y el perro Wilson comían tamales.
— ¡Avelino, únete! —invitó Borola—. ¿Sigues con tus papelitos?
— Sí, doña —suspiró Avelino—. Hoy, Cortes Mágicos.
Foforito dobló un volante en un avioncito. — ¡Mira, Avelino! ¡Tu propaganda vuela! —Lo lanzó, aterrizando en la cabeza de un policía.
— ¿Propaganda ilegal? ¡Multa! —gruñó el policía.
Avelino palideció. — ¡No, oficial! Es arte callejero: Policía valiente, ¿por qué miras tan fiero? Policía amigo, te pisaré... el respeto.
Regino rió. — Oficial, es un poeta. Tome un tamal.
El policía, ablandado, se fue. Macuca sugirió: — Avelino, reparte cantando, como trovador.
El Duelo de Mariachis
Al día siguiente, Avelino cantó: ¡Lava tu ropa, con espuma loca! ¡Ven a la mágica, no seas babosa! Su voz desafinada atrajo a unos mariachis.
— ¡Tu canción es un aullido! —dijo el líder—. La nuestra es oro: Con guitarra en mano, lavo tu pano.
El duelo escaló a una serenata caótica, con volantes volando como confeti, hasta que el mismo policía los dispersó.
El Ascenso de Avelino
Al final de la semana, Avelino repartió más volantes de lo esperado, aunque con desastres. Don Pánfilo lo ascendió a “repartidor creativo”. — ¡Tus locuras atraen clientes!
Gamucita, orgullosa, le preparó frijoles extras. — Hijo, por fin trabajas. ¿Ves? No era tan malo.
Avelino sonrió. — Mamá, el trabajo es como mi poesía: caótico, pero rima. Mañana, volantes de zapatos gigantes. ¿Quieres un par?
Conclusión
Así, Avelino Pilongano, el poeta babotas, se convirtió en el repartidor más caótico del Callejón del Cuajo, tropezando con vampiros, esqueletos y burrones, pero siempre dejando una estela de risas y versos absurdos. Fin... o hasta el próximo volante.

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