El Grito Vampírico en el Callejón del Cuajo




En el Callejón del Cuajo, número “chorrocientos chochenta y chocho”, las Fiestas Patrias de septiembre de 2025 estaban a punto de convertirse en la celebración más extraña de la historia, gracias a una visita inesperada. Doña Borola Tacuche de Burrón, con su melena pelirroja alborotada y su entusiasmo desbordante, había decidido que este año el Grito de Independencia sería “de ultratumba” tras recibir una invitación peculiar de sus vecinos más excéntricos: el Conde Satán Carroña, su esposa Cadaverina, y su séquito de criaturas sobrenaturales. La idea era mezclar el patriotismo mexicano con un toque de terror, y Borola, como siempre, estaba lista para llevarlo al extremo.

Todo comenzó una tarde en la peluquería “El Rizo de Oro” de Don Regino Burrón, donde el único cliente era Wilson, el perro, roncando bajo una silla. Borola irrumpió con una carta escrita en pergamino que olía a moho.

—¡Regino, mi chaparrín! —gritó, agitando el pergamino como si fuera una bandera tricolor—. ¡Mira esto! ¡El Conde Satán Carroña nos invita a su mansión para un Grito de Independencia vampírico! ¡Dicen que habrá pozole de “agua de jamaica” y un baile de danzón patriótico!

Regino, limpiando unas tijeras que no habían cortado un pelo en días, frunció el ceño.

—Borola, mi reina, ¿no te parece sospechoso? —respondió, ajustándose los anteojos—. Ese conde siempre anda buscando “jamaica” fresca, y no precisamente en el mercado. Además, Cadaverina me da escalofríos. ¡Es puro hueso!

—¡Ay, Regino, no seas miedoso! —replicó Borola, golpeando la mesa con el pergamino—. ¡Es una oportunidad única! ¡Un Grito con vampiros, esqueletos y quién sabe qué más! ¡Esto va a ser más chipocludo que un castillo de cohetes!

Macuca, la hija mayor, entró con un libro de mitología bajo el brazo, ajustándose las gafas.

—Mamá, no creo que sea buena idea —dijo con su voz tímida—. El Conde Carroña es conocido por “sacarle el mole” a las jovencitas en los salones de danzón. Y Cadaverina… bueno, dicen que se vuelve invisible cuando está de malas.

—¡Pechocha, eso es puro chisme! —respondió Borola, agitando una mano—. Además, ya invité a toda la vecindad. ¡Hasta Avelino Pilongano va a recitar un poema para los vampiros!

Fóforo Cantarranas, el hijo adoptivo, dejó de tocar su mandolina y levantó la cabeza.

—¿Vampiros, doña Borola? —preguntó con una sonrisa soñadora—. ¿Y si les tocamos “La Llorona” en versión danzón? ¡Eso sí sería patriótico!

Regino Chico, el menor, salió corriendo con su resortera cargada de ajos.

—¡Yo voy, pero solo si me dejas dispararle al conde! —gritó, apuntando a Wilson, que despertó con un ladrido indignado.

La noche del 15 de septiembre, el Callejón del Cuajo se transformó en un espectáculo macabro-patriótico. La mansión de los Carroña, al final del callejón, estaba decorada con papel picado negro y rojo, velas que parpadeaban solas y un olor a pozole mezclado con algo sospechosamente metálico. Los Burrón llegaron con la vecindad completa: la señora Julepa con su coro desafinado, don Chucho con panes dulces en forma de calaveras, y Avelino Pilongano, arrastrado por su madre Gamucita, con un poema titulado “Oda al Caletre Vampírico”.

El Conde Satán Carroña los recibió en la entrada, con su capa negra y una sonrisa que mostraba unos colmillos afilados. A su lado, Cadaverina, un esqueleto con un vestido de china poblana hecho de telarañas, chasqueaba los huesos con impaciencia.

—¡Bienvenidos, mortales! —dijo el conde, lamiéndose los labios mientras miraba a Macuca—. ¡Qué placer tener sangre… digo, gente fresca para nuestro Grito! ¿Les apetece un poco de “agua de jamaica”?

Macuca retrocedió, escondiéndose tras Regino.

—No, gracias, señor conde —balbuceó—. Prefiero un refresco.

Borola, en cambio, estaba fascinada.

—¡Qué rechupete de mansión, conde! — exclamó, admirando un candelabro que goteaba cera como si llorara—. ¡Y qué pozole tan… rojo! ¿Es de granada?

El conde rió con un sonido que parecía un murciélago atrapado.

—¡Oh, doña Borola, es una receta… especial! —respondió, guiñando un ojo.

Narciso, el mayordomo verde de los Carroña, apareció con una bandeja de vasos llenos de un líquido sospechosamente espeso.

—¡Beban, beban! —dijo con voz rasposa, sus ojeras más oscuras que la noche—. ¡Es la bebida oficial de la casa!

Regino olfateó un vaso y casi se desmaya.

—¡Borola, esto no es jamaica! —susurró—. ¡Huele a… hospital!

Antes de que pudieran discutir, Cadaverina se materializó frente a ellos, haciendo que Julepa diera un grito.

—¡Nada de gordos en mi fiesta! —declaró Cadaverina, mirando a don Chucho, que cargaba una charola de panes—. ¡Entre los esqueletos no hay gordos, y punto!

Don Chucho, ofendido, abrazó sus panes.

—¡Oiga, señora, mis conchas son puro músculo! —protestó.

La fiesta comenzó con un baile de danzón en el salón principal, donde el Conde Carroña intentaba seducir a las jovencitas de la vecindad con sus pasos elegantes. Pinga Diabla, la vampira amiga del conde, bailaba con Fóforo, quien tocaba su mandolina al ritmo de “El Jarabe Tapatío”.

—¡Oye, pequeño trovador! —dijo Pinga, mostrando sus colmillos—. ¡Tocas con alma, pero cuidado, que no te saque el mole!

Fóforo, nervioso, aceleró el ritmo.

—¡Solo toco, señorita! —respondió, sudando.

Mientras tanto, Avelino Pilongano subió a un escenario improvisado para recitar su poema. Con su capa raída y su aire de mártir, comenzó:

> “Oh, vampiro patrio, con colmillos de gloria,  

> tu ‘jamaica’ fluye en la noche notoria.  

> Acémila espectral, galopa sin freno,  

> que el Callejón del Cuajo es tu reino sereno.”

Los vecinos se miraron, confundidos. Regino Chico, aburrido, disparó un ajo con su resortera, acertándole a Narciso en la frente.

—¡Ay, pequeño demonio! —gritó el mayordomo, cayéndose de espaldas.

Don Sombroso Mortis, el calacón amigo de Cadaverina, apareció de la nada, riendo con un sonido que parecía un crujido de huesos.

—¡Eso, pequeño Burrón! —dijo Sombroso—. ¡Dale vida a esta fiesta muerta!

El momento del Grito llegó a las once en punto. Borola, decidida a no dejar que el conde se robara el show, subió al balcón junto a Cadaverina, que sostenía una campana hecha de calaveras de azúcar.

—¡Mexicanos y no tan vivos! —gritó Borola, agitando la campana—. ¡Vivan los héroes que nos dieron patria!

¡Viva! —respondieron los vecinos, mezclados con gruñidos de los vampiros.

—¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva el pozole… y la “jamaica”!

¡Viva!

El conde, no queriendo quedarse atrás, añadió:

—¡Viva la noche eterna! ¡Viva la sangre… digo, la patria!

Cadaverina, molesta porque el conde coqueteaba con una vecina, se volvió invisible, dejando caer la campana. El estruendo desató el caos: los cohetes que Borola había traído explotaron antes de tiempo, uno voló hacia el pozole “especial” y lo volcó, salpicando a todos con un líquido rojo que hizo gritar a Julepa.

—¡Es sangre! —chilló.

—¡Es pozole, comadre! —corrigió Borola, aunque ella misma dudaba.

Avelino, en un arranque de inspiración, intentó salvar la situación recitando otro verso:

> “Oh, pozole rojo, que une vivos y muertos,  

> en el Callejón del Cuajo, todos somos repletos.”

Pero un cohete errante le quemó la capa, y Avelino salió corriendo, gritando que el arte no merecía tal sufrimiento. Regino Chico, riendo, disparó más ajos, haciendo que Pinga Diabla y el conde se escondieran tras una cortina.

Cuando el humo se disipó, la fiesta continuó con más entusiasmo. Los mariachis tocaron “Cielito Lindo”, Sombroso Mortis bailó un zapateado con Cadaverina (que volvió a aparecer, aunque de mala gana), y Borola sirvió pozole normal para calmar los ánimos.

Regino, limpiándose el sudor, le susurró a Borola:

—Mi reina, el próximo año, mejor festejamos en la vecindad. Estos vampiros son demasiado… vampíricos.

Borola rió y lo abrazó.

—¡Ay, Regino, pero qué Grito tan rechupete! ¡Esto es México, vivo o muerto!

La noche terminó con los vecinos bailando, los vampiros bebiendo “jamaica” (o algo parecido), y Avelino escribiendo un nuevo poema: “Oda al Caos Patrio”. En el Callejón del Cuajo, las Fiestas Patrias habían sido un desastre glorioso, pero nadie, ni vivo ni muerto, lo cambiaría por nada. ¡Viva México!


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