Era un martes caluroso y el sol brillaba con saña sobre la vecindad. Doña Gamucita Botello Pericocha, con sus zapatos descomunales y su estatura de muñeca de trapo, fregaba ropa ajena en un lavadero que parecía más viejo que ella. Adentro, en la única cama de su humilde cuarto, Avelino Pilongano roncaba como si estuviera compitiendo en los Juegos Florales del Ronquido. Sus sueños estaban llenos de acémilas poéticas y rimas absurdas, hasta que un grito de su madre lo arrancó del paraíso onírico.
— ¡Avelino, babotas del demonio, levántate! —vociferó Gamucita, blandiendo una sábana mojada como si fuera un látigo—. ¡Ya son las once y tú ahí, durmiendo como si fueras el mismísimo Conde Satán Carroña hibernando en su ataúd! ¡Te dije que hoy sigues con tu trabajo de repartidor o te echo a la calle con todo y tus *Bitles de Calzón y Huarache*!
Avelino se incorporó, con el cabello como un nido de pájaros y la camisa más arrugada que un acordeón. — Mamá, por favor, no interrumpas mi inspiración. Anoche compuse un soneto épico: *Acémila lunática, ¿por qué duermes en la tina? Acémila soñadora, te pisaré la aurora*. ¡Es arte puro! Un genio como yo no debería ensuciarse las manos con volantes.
Gamucita lo miró con ojos que podrían haber fundido hierro. — ¡Arte puro! ¡Lo que tienes es flojera pura! Ayer Don Pánfilo llamó diciendo que te espera en *El Volante Veloz* con un nuevo encargo: propaganda de un salón de danzón, *El Ritmo del Mictlán*. Pagan doble si repartes todo hoy. ¡Así que muévete, o te juro que te lavo la cara con jabón de tequesquite!
Avelino suspiró con dramatismo, como si le pidieran escalar el Popocatépetl. — Está bien, mamá, iré. Pero que conste: esto es un atentado contra la poesía mexicana. ¡Octavio Paz lloraría por mí!
Se puso unos pantalones que olían a café rancio y una camisa que parecía haber sido usada como mantel, y salió rumbo a la agencia. En el camino, pasó por la casa de los Burrón, donde Regino Burrón, con su bigote de cepillo y sombrero ladeado, discutía con Borola sobre el presupuesto semanal.
— ¡Avelino, chamaco! —saludó Regino—. ¿Otra vez a repartir papelitos? Mira que Don Pánfilo es más bravo que un toro. ¡Y si ves a mi Borola gastando en el mercado, dile que no compre más cacharros!
Borola, con su peinado de torre y un vestido floreado que parecía gritar, intervino: — ¡Regino, cállate! Avelino, tú a lo tuyo. Y si pasas por el mercado, tráeme un volante de esos, que me urge un danzón para desestresarme.
Avelino asintió, murmurando un verso: *Volante danzante, ¿por qué giras en el aire? Volante traicionero, te pisaré el sendero*. Llegó a la agencia *El Volante Veloz*, donde Don Pánfilo lo esperaba con un fajo de volantes más grande que un costal de papas.
— ¡Pilongano! —bramó Don Pánfilo, su bigote temblando—. Hoy repartirás propaganda del salón *El Ritmo del Mictlán* en el barrio de Tacuba. Son mil volantes, y el cliente es especial: el mismísimo Conde Satán Carroña, que quiere jovencitas en su danzón. ¡No me falles, o te pongo a repartir en el panteón!
Avelino, palideciendo, tomó el fajo. — ¿El Conde Satán Carroña? ¿El vampiro que bebe “agua de jamaica”? ¡Esto es un complot contra mi alma poética!
— Menos poesía y más caminata, babotas —replicó Don Pánfilo—. ¡Y cuidado con perder los volantes como la vez pasada!
El Caos Comienza en Tacuba
Avelino emprendió su ruta por las calles de Tacuba, con los volantes del *Ritmo del Mictlán* que prometían “noches de danzón con un toque sobrenatural”. Apenas iba en la segunda cuadra cuando se distrajo componiendo: *Danzón vampírico, ¿por qué giras en mi mente? Danzón macabro, te pisaré el compás*. Tropezó con un bache y los volantes volaron, aterrizando en un puesto de pulque atendido por Susano Cantarranas, el pepenador borrachín del Lodazal, quien apestaba a “tlachicotón” y tenía los ojos más rojos que un tomate.
— ¡Órale, qué es esto! —farfulló Susano, recogiendo un volante—. ¿Danzón? ¡Pos esto es pa’ mí! La Divina Chuy anda buscando dónde menear el esqueleto. Pero, ¿tú quién eres, chamaco? Pareces poeta de pacotilla.
Avelino, ofendido, se enderezó. — Soy Avelino Pilongano, laureado de San Teporingo. Y estos volantes son mi cruz. ¿Quiere uno? Es para *El Ritmo del Mictlán*, donde hasta los vampiros bailan.
Susano rió, derramando pulque. — ¡Vampiros! Pos si ahí está el Conde Satán Carroña, me apunto. Pero primero, prueba mi caldo de oso, pa’ que te inspires.
Avelino, temeroso de ofender al pepenador, tomó un trago y casi escupe el alma. — ¡Esto sabe a rayos! *Pulque traidor, ¿por qué quema mi garganta? Pulque maldito, te pisaré el... vaso.*
La Divina Chuy, con su atuendo de “encueratriz” exótica que dejaba poco a la imaginación, apareció cargando un saco de trastos reciclados. — ¡Susano, borracho inútil! ¿Otra vez gastando en pulque? —Miró a Avelino—. ¿Y tú qué, repartiendo papelitos? Dámelos, que yo los reparto en el Lodazal. Pero a cambio, compónme algo bonito, que estoy harta de este mujeriego.
Avelino, mareado por el pulque, improvisó: *Chuy divina, como estrella en la neblina. Chuy radiante, te pisaré... el encanto elegante*.
Chuy rió, encantada. — ¡Órale, poeta! Estos los reparto yo. Pero cuidado, que en el Lodazal hay cada loco...
Avelino agradeció y siguió, pero el pulque lo tenía tambaleante. En la siguiente esquina, se topó con un salón oscuro donde sonaba un danzón tétrico. Allí estaba el Conde Satán Carroña, con su capa negra y colmillos relucientes, seduciendo a una jovencita con promesas de “agua de jamaica”.
— ¡Joven repartidor! —dijo Satán, olfateando los volantes—. ¿Traes propaganda de mi salón? ¡Perfecto! Pero solo quiero jovencitas. Las señoras mayores tienen sangre con grumos, ¡puaj!
Antes de que Avelino respondiera, Cadaverina de Carroña apareció, sus huesos traqueando. — ¡Satán, sinvergüenza! ¿Otra vez con tus jovencitas? —Miró a Avelino—. ¿Y tú quién eres? ¡No repartas a gordos, que entre esqueletos no hay gordos!
Avelino, nervioso, balbuceó: *Esqueleto fino, ¿por qué brillas en el camino? Cadaverina divina, te pisaré... la calcita*.
Cadaverina se desvaneció, molesta, mientras Satán reía. — ¡Buen verso, poeta! Tráeme más clientas mañana. Y dile a Narciso que me traiga más jamaica.
Narciso, el mayordomo verde con ojeras de siglos, gruñó desde un rincón. — ¡Mortal inútil! Tus volantes no curan mi insomnio eterno. ¡Reparte rápido o te convierto en zombie!
Avelino, temblando, dejó un montón de volantes y salió corriendo, pero chocó con Pinga Diabla, la vampira amiga de Satán, que flotaba con un vestido gótico. — ¡Poeta! —dijo ella—. Dámelos, los reparto en el cementerio. Pero escribe algo macabro: *Danzón que sangra, en la tumba se engalana*.
Avelino le dio un puñado. — *Vampira alada, tu baile es de alborada*.
El Desastre en el Lodazal
Siguiendo su ruta, Avelino llegó al Lodazal, un barrio donde el lodo era más común que el pavimento. Allí, Susano y la Divina Chuy discutían mientras repartían los volantes que Avelino les dio. Pero Susano, borracho, los estaba usando para envolver tacos de dudosa procedencia.
— ¡Susano, animal! —gritó Chuy—. ¡Esos son los volantes del danzón! ¿Cómo los desperdicias?
— Pos pa’ que los tacos bailen danzón en la panza —rió Susano, tambaleándose.
En ese momento, Don Sombroso Mortis, el calacón amigo de Cadaverina, apareció con su sombrero de copa y bastón. — ¡Qué escándalo! —dijo, sus huesos rechinando—. Cadaverina me dijo que aquí había propaganda para el *Ritmo del Mictlán*. ¡Dámelos, que yo los reparto entre los calacones!
Avelino, ya al borde del colapso, le dio los últimos volantes. — *Calacón elegante, ¿por qué bailas tan constante? Sombroso divino, te pisaré... el destino*.
Sombroso rió. — ¡Este poeta es un caso! Ven al danzón esta noche, te presento a los fantasmas VIP.
Pero el caos escaló cuando Susano, en un arranque de celos, intentó repartir volantes él mismo para impresionar a Chuy. Tropezó y los volantes cayeron en un charco de lodo. Chuy, furiosa, lo persiguió con un zapato. — ¡Te voy a dejar más plano que un volante, borracho!
Avelino, viendo el desastre, huyó hacia el Parque Hundido, donde los Burrón hacían un picnic. Regino, Borola, Macuca, Foforito y el perro Wilson comían tamales y reían.
— ¡Avelino, ven! —gritó Borola—. ¿Sigues con tus papelitos?
— Sí, doña —jadeó Avelino—. Pero entre vampiros, esqueletos y pepenadores, esto es un poema apocalíptico.
Foforito, travieso, tomó un volante y lo dobló en un avioncito. — ¡Mira, Avelino, tu propaganda vuela! —Lo lanzó, aterrizando en la cabeza de un policía.
— ¿Propaganda ilegal? ¡Multa! —gruñó el policía.
Avelino, desesperado, improvisó: *Policía valiente, ¿por qué miras tan fiero? Policía amigo, te pisaré... el respeto*.
Regino intervino. — Oficial, es un poeta. Tome un tamal y olvídese.
Macuca sugirió: — Avelino, canta mientras repartes, como trovador.
El Duelo Musical y el Gran Final
Al día siguiente, Avelino intentó cantar: *¡Danza el danzón, en el Mictlán es canción! ¡Ven al Ritmo, no seas víctima!* Pero su voz atrajo a unos mariachis rivales del Lodazal, liderados por Susano, que cantó: *Con pulque en mano, bailo sin desengano*.
El duelo musical escaló, con volantes volando como confeti, hasta que el policía (¡el mismo!) los dispersó. — ¡Ya, locos, o los llevo a todos al tambo!
Al final de la semana, Avelino volvió con Don Pánfilo, con la mitad de los volantes repartidos y el resto perdidos en charcos, tacos o fogatas. — ¡Eres un desastre, pero el Conde Satán dice que su salón está lleno! —rió Don Pánfilo—. ¡Ascendido a repartidor creativo!
En casa, Gamucita lo recibió con frijoles extras. — ¡Hijo, trabajaste! ¿Ves? No era tan malo.
Avelino, agotado, sonrió. — Mamá, el trabajo es un danzón caótico, pero rima. Mañana, volantes de pulque. ¿Quieres uno?
Y así, Avelino Pilongano siguió tropezando por el Callejón del Cuajo, repartiendo volantes entre vampiros, esqueletos, pepenadores y burrones, dejando tras de sí un rastro de risas, desastres y versos absurdos. Fin... o hasta el próximo danzón. 😄

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