Era un día caluroso en el “Callejón del Cuajo número chorrocientos chochenta y chocho”, cuando Doña Borola Tacuche de Burrón, con su aire de vedette y aquella bufanda característica, irrumpió en la peluquería "El Rizo de Oro".
—¡Regino, regín! —exclamó Borola mientras se contoneaba—. Acabo de ver en la tele una súper promoción: ¡quince días en Egipto, con todo pagado! ¡Dijeron que hasta los faraones modernos están haciendo fila!
Don Regino, aferrado a sus tijeras, la miró desconfiado.
—Egipto? ¿Así nomás, sin avisarme? —respondió, mientras le cortaba el cabello a Macuca—. ¿Pero y el trabajo? ¿Quién se va a hacer el rizo de oro si nos vamos?
—¡Pues quién mejor que Wilson para cuidar la peluquería! —dijo Macuca riendo—. Además, necesito un cambio, ya la rutina me está haciendo bolas el moño.
—¡Pues vámonos! —decidió Borola en un arranque—. ¡A ver si las pirámides me inspiran para una nueva coreografía!
Llegada al aeropuerto: choque cultural al estilo Burrón
Al aterrizar en El Cairo, la familia se bajó del avión con sus maletotas llenas de ropa y temperamento a reventar.
—¡Miren nomás esas pirámides! —dijo Regino mientras se quitaba el sombrero de ala ancha—. Parecen madejas de estambre gigante.
—Eso no es nada, Regino —comentó Borola con tono de experta—. Aquí todo huele a historia, misterio y, espero, ¡a buena comida!
En el taxi, Borola intentaba explicarle al conductor que la llevara a las “pirámides”.
—Por favor, señor taxista... a la pirámide más grande, que yo quiero tomarme selfies.
El taxista la miró confusa y le contestó en un árabe rápido.
—¡Shukran! —dijo Borola con una sonrisa falsa—. Eso quiere decir “gracias”, ¿verdad?
Regino suspiró.
—No hay cómo con Borola, de plano.
En las pirámides: “Egipto Burrón” al máximo
Frente a la Gran Pirámide, Borola sacó un tocado dorado que compró en el mercado y se lo puso con dramatismo.
—¡Miren, mis subditos! —dijo girando con parsimonia—. ¡Soy la Gran Faraona de los Calzones!
Macuca reía mientras tomaba fotos y Regino intentaba que Wilson no se metiera a un hoyo lleno de arena.
—¡Wilson! ¡No enterres las patas, ese es templo sagrado! —le gritó.
Fóforo, el niño adoptado, jugaba con un grupo de niños locales, aprendiendo a escribir su nombre en jeroglíficos con palitos en la arena.
—Mira, papa Regino, ¡soy un mago de los símbolos! —decía feliz.
Borola en modo diva: espectáculo improvisado
—¡Ya basta de tanto misterio! —anunció Borola levantándose en una piedra—. Aquí va mi show, que ni las vedettes del Zócalo.
Comenzó a bailar mezclando pasos de samba con movimientos de lucha libre egipcia, mientras imitaba el canto de los chamanes.
Un grupo de turistas extranjeros la miraba divertida, algunos grababan con su celular.
—¿Está loca o qué? —murmuró Regino, rojo de vergüenza—. ¡Corran, que van a llamar a la policía!
Pero Borola estaba en su elemento.
—No soy loca, ¡soy la reina del siglo veintiuno! —alzando la voz, y luego guiñando un ojo.
El perrito Wilson, estrella arqueológica
Mientras tanto, Wilson se metió en un túnel pequeño, cubriéndose de arena y huesitos falsos sueltos.
—¡Ay, mi perro arqueólogo! —dijo Borola—. ¡Va a descubrir tumbas secretas y huesos de dinosaurio!
Un arqueólogo, confundido pero divertido, le tomó fotos.
—Este perro tiene futuro —rió el hombre.
Wilson salió con un pequeño amuleto colgado en el cuello, como trofeo.
El desastre del “tesoro Burrón”
En un intento de tener un recuerdo auténtico, Macuca encontró un cofre pequeño, que en realidad era una caja de herramientas olvidada.
—¡Tesoro, tesoro! —gritó emocionada.
Borola intentó esconderlo en su maleta, pero el vendedor ambulante la descubrió y comenzó una persecución por el bazar.
—¡Devuélvame el sagrado cofre! —gritaba el hombre, mientras Borola tiraba babuchas y bufandas para distraerlo.
Finalmente, tras una cómica carrera, dejaron caer el cofre en una carreta que se alejaba con otros turistas.
—¡Ahí se va el “botín” Burrón! —dijo Regino entre risas.
Regreso a México: la peluquería “Egipcia”
Borola contaba a los vecinos sus aventuras, desde su coronación faraónica hasta la persecución en el bazar.
—¡Ay, con Borola no hay descanso! —decía Regino con cara de resignación.
Y así, la Familia Burrón regresó con anécdotas, chistes y, claro, con harto humor, para seguir alegrando a su vecindad.

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