Cuando Don Gabriel Vargas Visitó a La Familia Burrón

 

 


Era un día común en el barrio, y la vecindad, estaba tan alborotada como siempre. Borola Tacuche de Burrón, como era su costumbre, estaba en la azotea intentando tender la ropa mientras espantaba a un cuervo que le había robado un calcetín. Desde abajo, Regino Burrón, con su eterna paciencia, le gritaba:

—¡Borola! ¿No puedes hacer las cosas con más calma? Parece que estás domando un tigre, no lavando ropa.

Mientras tanto, Macuca y Fóforo Cantarranas jugaban a la lotería en el patio con El Tejocote, el perrito. Todo parecía una tarde cualquiera hasta que se escucharon unos pasos distintos en la vecindad.

Un hombre vestido con un traje elegante pero sencillo,  y una mirada curiosa, cruzó el umbral. Era Don Gabriel Vargas.

Borola, curiosa como siempre, fue la primera en interceptarlo.

—¡Caracoles y pejelagartos! ¿Quién es este señor tan bien peinado? No parece que venga a cobrar la renta porque está de buenas.

Don Gabriel, con una sonrisa amable, respondió:

—Soy Gabriel Vargas, y estoy aquí porque quería conocerlos en persona. Después de todo, ustedes son mis creaciones.

Todos los presentes soltaron un "¡¿Quééé?!", y hasta Wilson, ladró como si entendiera. 

Borola, emocionadísima, lo invitó a pasar a la casa, donde el caos habitual se intensificó porque nadie sabía cómo recibir a un "creador".

Ya en el comedor, con una taza de café y tamales improvisados que Borola sacó "del refri mágico", Don Gabriel les explicó que estaba pensando en introducir nuevos personajes en la revista.

—Quiero que me ayuden a inspirarme —dijo Don Gabriel—. 

¿Qué creen que falta en nuestro México, que pueda aparecer en la revista?

Borola, siempre lanzada, respondió:

—¡Pues nos faltan más personajes exóticos, de esos que venden elotes con un silbato o las señoras que venden chicharrones en bolsitas de plástico!

Macuca intervino:

—Y también alguien que represente a las chamacas que siempre están en el TikTok bailando, pero versión vecindad, porque no todas tienen iPhone.

Don Regino, más tradicional, propuso:

—Debe haber un maestro jubilado que todavía da clases a los niños del barrio, alguien que represente la educación y el esfuerzo.

Fóforo, entre risas, agregó:

—¡Un mariachi que nunca se sabe las canciones completas, pero siempre le pone corazón!

 Para inspirarse aún más, Gabriel les pidió que lo llevaran a recorrer el barrio. Borola lo tomó del brazo como si fuera su viejo amigo, y pronto estaban caminando por el mercado, saludando a los comerciantes y escuchando las historias de los vecinos.

Conocieron al vendedor de nieves que nunca decía los precios completos y a la señora que tenía más remedios caseros que un libro de herbolaria. Gabriel sacó su cuadernito y dibujó bocetos en cada esquina, inspirado por las risas y la vida cotidiana que se respiraba.

Al final del día, Don Gabriel volvió a la vecindad para despedirse. Borola, conmovida, le pidió un favor:

—Don Gabriel, ya que está aquí, ¿por qué no nos hace un poquito más ricos en la próxima edición? Aunque sea para comprar unos zapatos nuevos.

Don Gabriel rió de buena gana y prometió que en la siguiente revista habría muchas sorpresas. Al despedirse, dejó un dibujo de cada uno de los personajes, que Borola enmarcó inmediatamente y colgó en la pared junto al retrato del abuelo Tacuche.

Cuando Don Gabriel salió de la vecindad, todos quedaron pensando en cuánto orgullo sentían de ser parte de una historia que representaba a México en su máximo esplendor. Dario N.

 

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