La Familia Burrón y el Misterio del Tesoro de la Lagunilla

 



El sol entraba a raudales por la única ventana del modesto pero siempre bullicioso hogar de la familia Burrón, en el Callejón del Cuajo número chorrocientos chochenta y chocho. La mañana, como casi todas, había comenzado con el característico estruendo de Doña Borola Tacuche de Burrón, quien había decidido hacer una "limpieza a fondo", que en su lenguaje significaba cambiar todo de lugar para luego no encontrar nada.

Don Regino Burrón, dueño de la peluquería "El Rizo de Oro", sorbía su café con la parsimonia de un hombre que ha aprendido a la mala que las prisas mañaneras solo conducen a un desastre orquestado por su esposa.

—¡Viejo! ¡Viejo, no te me vas a creer lo que acabo de hallar! —gritó Borola desde el fondo del cuarto, levantando una nube de polvo que hizo estornudar hasta al perro Wilson.

—¿Ahora qué, Borola? ¿Encontraste el recibo de la luz que perdiste el mes pasado? —preguntó Don Regino sin levantar la vista de su taza.

—¡Qué recibo ni qué mis polainas! ¡Esto es mucho mejor! ¡Es el boleto para salir de la jodencia, Regino! ¡Seremos ricos, archirricos, millonetas!

Borola apareció triunfante, agitando un viejo abrigo de tweed que claramente había conocido mejores décadas. De uno de los bolsillos sacó un pedazo de papel amarillento, enrollado y atado con un cordel.

Regino "El Tejocote" y Macuca, sus hijos, se asomaron curiosos. Foforito Cantarranas, el hijo adoptivo de la pareja, dejó de jugar con Wilson y se acercó con los ojos como platos.

—A ver, a ver... —dijo Don Regino, tomando el papel con escepticismo—. ¿Y esto de dónde salió?

—¡Del ropavejero, viejo! Compré este abrigo finísimo, seguro de algún diplomático inglés, por solo tres pesitos. ¡Y mira, traía premio!

Con una solemnidad digna de un acto de estado, Borola desenrolló el papel sobre la mesa. Era un mapa, dibujado a mano con tinta sepia, lleno de símbolos extraños, flechas y una gran "X" marcada en un punto.

—¡Es un mapa del tesoro, apá! —exclamó El Tejocote emocionado—. ¡Seguro es de piratas!

—¿Piratas en la Ciudad de México? No seas tarugo, mijo. Lo más cerca que hemos estado de un pirata es el que nos vende las películas en el tianguis —sentenció Don Regino.

—¡No le agües la fiesta a la criatura, Regino! —intervino Borola, poniéndose unas gafas sin graduación que había encontrado en el mismo abrigo—. A ver... según mis vastos conocimientos en criptografía y lenguas muertas... esta señal de aquí... —dijo apuntando a un garabato que parecía un pollo aplastado— ...significa "donde el águila perdió su nopal".

—¿Y eso qué demonios significa, Borola?

—¡Pues el Zócalo, viejo! ¡La Plaza de la Constitución! ¡Ahí empieza nuestra aventura! ¡El tesoro de Moctezuma nos espera!

Don Regino se llevó una mano a la frente. —Ay, Borola... El único tesoro que vamos a encontrar ahí es una multa si estacionamos mal el carcachón.

Pero la suerte estaba echada. La palabra "tesoro" había encendido la chispa en la imaginación de los niños y, ante la presión familiar, a Don Regino no le quedó más remedio que ceder.

—Está bien, está bien... pero que conste que es solo para que se les quite la idea. ¡Y nada de gastar!

Media hora después, la familia Burrón en pleno, más el perro Wilson, se apretujaba en su vetusto automóvil, un modelo tan antiguo que probablemente había funcionado con carbón.

—¡En marcha, Regino! ¡El destino nos llama! —gritaba Borola, con el mapa en la mano y una pala de jardinería en la otra.

—El destino y la patrulla si no te abrochas el cinturón, mujer.

El viaje al Zócalo fue una odisea. Entre el tráfico, el humo del propio coche y las indicaciones surrealistas de Borola ("¡Gira a la derecha donde veas un señor vendiendo camotes!"), llegaron a la plancha del Zócalo casi al mediodía.

—Muy bien, sabia de la arqueología, ¿y ahora? —preguntó Don Regino, secándose el sudor.

—¡Silencio! Estoy canalizando la energía telúrica de los antiguos mexicas... —Borola cerró los ojos y empezó a dar vueltas con los brazos extendidos—. ¡Lo siento! ¡El siguiente punto está... hacia allá! —señaló en dirección a la Catedral Metropolitana.

El mapa, según la interpretación de Borola, indicaba que debían buscar "la boca de piedra que canta con agua". Tras dar vueltas por veinte minutos, Foforito encontró la "pista".

—¡Mami Borola! ¡Esta fuente tiene una cara con la boca abierta! —dijo el pequeño.

—¡Exacto, mi niño genio! ¡Foforito Cantarranas, el descubridor de enigmas! Ahora, el mapa dice que contemos treinta pasos de gigante hacia el sol poniente.

—¿Pasos de gigante de quién? ¿Del que dibujó el mapa o de un gigante de a de veras? —cuestionó Macuca, siempre práctica.

—¡Tú solo camina, hija! —ordenó Borola.

Los treinta pasos los llevaron directamente a un puesto de tacos de canasta. El vendedor, un hombre bigotón y con cara de pocos amigos, los miró con recelo.

—¿Van a querer o nomás están estorbando? —preguntó.

—Un momentito, mi amigo comerciante —dijo Borola con aires de grandeza—. Estamos en una misión de vital importancia histórica. Dígame, ¿no ha visto por aquí una baldosa floja o alguna señal extraña?

El taquero se les quedó viendo. —La única señal extraña es la de ustedes. Órale, a circular.

Don Regino, avergonzado, jaló a Borola del brazo. —¡Vámonos, mujer! ¡Nos van a llevar por andar de excavadores!

Decepcionados pero no vencidos, revisaron el mapa de nuevo. La siguiente pista era un dibujo de una serpiente con plumas comiéndose su propia cola.

—¡Facilísimo! —exclamó El Tejocote—. ¡Es el metro! ¡La estación Zócalo tiene el símbolo de Quetzalcóatl!

La familia se adentró en las profundidades del Sistema de Transporte Colectivo. El andén estaba a reventar.

—¡Péguense bien, no se me vayan a perder! —advirtió Don Regino.

—¡Regino, el mapa dice que debemos tomar el "carruaje de fuego" de las ocho cabezas! —leyó Borola.

—¡Eso es el tren de ocho vagones, mujer! ¡Súbanse a cualquiera!

Lograron meterse a empujones en un vagón. Iban apretados como sardinas en lata. Wilson ladraba, Foforito estaba a punto de llorar y Don Regino sentía que le habían sacado la cartera por lo menos tres veces.

—Borola, ¿y a dónde se supone que vamos?

—¡El mapa indica que debemos bajar en "la colina del pequeño grillo"!

—¡Chapultepec! —dedujo Macuca.

Al salir al aire fresco del bosque de Chapultepec, la familia se sentía renovada. El mapa los guio hacia el lago, donde la siguiente pista era "buscar el reflejo del gigante de piedra".

—¡Es el Castillo de Chapultepec! —dijo El Tejocote.

—No, no, no —corrigió Borola—. El gigante de piedra es Tláloc, el que está en la entrada del Museo de Antropología. ¡Y su reflejo está en el lago! ¡Tenemos que rentar una lancha!

Don Regino suspiró. —Adiós al dinero de la comida...

Subieron a una lancha de pedales. Regino y Tejocote pedaleaban mientras Borola, con el mapa, intentaba triangular la posición.

—¡Ahí! ¡Justo ahí! ¡El tesoro debe estar en el fondo del lago!

—¿¡Qué!? —gritó Regino—. ¿Ahora quieres que me eche un clavado? ¡Ni que fuera yo el Pípila acuático! ¡El agua ha de estar más sucia que conciencia de político!

En medio de la discusión, a Wilson, que iba muy emocionado en la proa, se le resbalaron las patas y... ¡PLAS! Cayó al agua.

—¡Wilson! —gritaron todos.

Sin pensarlo, El Tejocote se quitó los zapatos y se lanzó a rescatar a su perro. Salió empapado, con Wilson en brazos, tiritando pero a salvo. La gente en otras lanchas aplaudió la valiente hazaña.

Ya en tierra firme, y mientras El Tejocote se escurría la ropa, Don Regino dio un ultimátum.

—¡Se acabó! ¡Ya fue suficiente de tus locuras, Borola! ¡Casi se nos ahoga el perro y el muchacho por tu mentado tesoro! ¡Nos vamos a la casa!

Borola, por primera vez en el día, pareció sentir un poco de culpa. —Ay, viejo, tienes razón. Fue mucha la emoción.

Guardó el mapa, cabizbaja. El regreso a casa fue silencioso. Llegaron cansados, mojados, sin tesoro y con hambre.

Mientras Doña Borola preparaba una sopa de fideos para levantar el ánimo, Foforito, que había guardado el mapa, se sentó a verlo bajo la luz del foco.

—Oye, apá Regino...

—¿Qué pasa, Foforito?

—Esto no es un mapa del tesoro.

—¡Ya lo sé, hijo! Tu mamá Borola y sus ideas...

—No, es que... aquí dice algo. En letras chiquitas.

Don Regino tomó el papel y se acercó a la luz. Efectivamente, en una esquina, había una nota escrita con una caligrafía impecable:

"Estimado caballero que encuentre este abrigo: si lee esto, significa que mi nieto Pedrito volvió a usar mis prendas para sus juegos. Este 'mapa del tesoro' es en realidad el recorrido que hacemos para llevarlo al parque. La 'boca de piedra' es la fuente, los 'treinta pasos' es hasta el puesto de tacos de Don Nacho (los mejores de la ciudad), el 'carruaje de fuego' es el metro que nos deja en Chapultepec, y el 'tesoro' es pasar una tarde increíble en familia. Disculpe las molestias. Atentamente, Don Ramiro."

Don Regino leyó la nota en voz alta. Todos se quedaron en silencio por un momento, y luego, una carcajada general inundó la pequeña casa. ¡Habían seguido las instrucciones de un abuelo para llevar a su nieto al parque!

Borola fue la que más fuerte rio. —¡Ay, qué viejo tan vaciador! ¡Pero qué bien nos la pasamos, ¿a poco no?! ¡Vimos la ciudad, paseamos en lancha, Tejocote se volvió un héroe!

—Pues sí... —admitió Don Regino, con una sonrisa—. Tienes razón. No encontramos oro, pero la aventura no nos la quita nadie.

Se sentaron todos a la mesa a comer la sopa de fideos, la cena más rica que habían tenido en mucho tiempo. Wilson, ya seco, dormitaba a los pies de la mesa, soñando con sus aventuras acuáticas. La Familia Burrón no había encontrado el tesoro de Moctezuma, pero esa noche, en el Callejón del Cuajo, habían redescubierto el suyo: el de estar juntos, el de reírse de sus propias locuras y el de saber que, sin importar cuán modestos fueran, siempre serían inmensamente ricos en amor y aventuras.


Un saludo a nuestros queridos lectores:

¡Y así termina otra peripecia de la Familia Burrón! Esperamos que se hayan divertido. Gracias por acompañar a Don Regino, Doña Borola y a toda la tropa en esta búsqueda del tesoro tan particular. Son ustedes, nuestros fieles lectores y fanáticos, el verdadero tesoro que nos impulsa a seguir compartiendo estas historias.

No dejen de visitar nuestra página, porque en el Callejón del Cuajo la imaginación nunca descansa y las aventuras están siempre a la vuelta de la esquina. ¡Hasta la próxima!

 

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