En el Callejón del Cuajo, donde el sol parecía decidido a asar a todos los vecinos, la vida en la vecindad seguía su ritmo caótico.
Doña Gamucita Botello Pericocha lavaba ropa ajena con sus zapatos gigantes resonando como tambores, mientras su hijo Avelino Pilongano roncaba en la única cama, soñando con acémilas rimadoras y versos absurdos. En la casa de los Burrón, Regino regaba sus macetas con agua que olía a sopa de ayer, mientras Borola, con un peinado que desafiaba las leyes de la física y un vestido floreado más brillante que un letrero de neón, pegaba un grito que hizo temblar las ventanas.
— ¡Regino, mira esto! — exclamó Borola, blandiendo un
volante arrugado que había encontrado en el mercado—. ¡El Mercado del Mictlán
organiza un concurso de tamales este domingo! El premio es un año de tortillas
gratis y una estatuilla de oro puro con forma de tamal. ¡Voy a inscribirme y
ganar, aunque tenga que pelear con calacas y vampiros!
Regino, ajustándose el sombrero raído, gruñó. — ¡Borola, no
gastes en ingredientes raros! La última vez que cocinaste, la vecindad olió a
chamuco quemado por una semana.
— ¡Ay, Regino, no seas aguafiestas! — replicó Borola,
poniéndose un delantal que parecía un cuadro abstracto—. Hacer tamales es como
bailar danzón: puro arte. ¡Macuca, Foforito, vámonos al mercado a comprar lo
que necesito! Y tú, Regino, prepárate pa’l festín.
Macuca, la hija lista, salió de la cocina con un cuaderno. —
Mamá, si vas a cocinar, anota los ingredientes: masa, manteca, chile. Y no
compres chucherías.
Foforito, el pequeño travieso, apareció con el perro Wilson
pisándole los talones. — ¡Yo quiero tamales de dulce! Y si hay un puesto de
papalotes, dile a Avelino que no se caiga del cerro otra vez.
Borola rió a carcajadas. — ¡Trato hecho, chamacos! Vamos al
Mercado del Mictlán. Y si veo a Susano Cantarranas o al Sapo-Rana, los pongo a
amasar con mi chancla.
El Caos en el Mercado
del Mictlán
El Mercado del Mictlán, cerca del Lodazal, era un laberinto
de puestos con toldos chillones, aromas de tacos, frutas exóticas y un
sospechoso tufo a incienso que parecía venir del más allá. Borola, Macuca y
Foforito entraron como exploradores en una selva de ofertas. Borola divisó un
puesto de chiles secos que olían a gloria.
— ¡Esto es el paraíso! — exclamó Borola, oliendo un chile
guajillo—. ¡Con estos chiles, mis tamales van a ganar hasta el aplauso del
Conde Satán Carroña!
Macuca, siempre práctica, la jaló del rebozo. — Mamá,
primero la masa y la manteca. No gastes todo en chiles raros.
Foforito, ignorando el consejo, corrió a un puesto de dulces
donde un vendedor flaco con bigote torcido ofrecía “calaveritas de azúcar
encantadas”. — ¡Mamá, mira! ¡Dulces que brillan! — gritó, metiéndose una a la
boca antes de que Borola pudiera detenerlo.
De pronto, Foforito empezó a brillar como farol de
bicicleta. — ¡Mamá, me siento raro! — chilló, mientras Wilson ladraba como si
viera un fantasma.
El vendedor rió. — ¡Es magia del Mictlán! Esas calaveritas
tienen un toque de esencia sobrenatural. ¡50 pesos por diez!
Borola, con los ojos echando chispas, lo encaró. — ¡Oye,
flaco, mi hijo no es foco de cantina! ¿Qué le pusiste a esos dulces?
¡Devuélveme mi dinero o te hago amasar tamales con mi chancla!
Antes de que el vendedor respondiera, una figura envuelta en
una capa negra emergió de las sombras: el Conde Satán Carroña, con sus
colmillos relucientes y un vaso de “agua de jamaica” en la mano. — ¡Señora
Burrón, qué placer! — dijo con voz melosa—. ¿Problemas? Yo puedo ayudar... si
me das un tamal de tu receta. Pero nada de señoras mayores, su sangre tiene
grumos, ¡puaj!
Borola, imperturbable, lo miró de arriba abajo. — ¡Oye,
vampiro, aquí la única que reparte sangre es mi chancla! Arregla lo de mi
Foforito o te clavo un ajo en esa capa de mosca.
En ese momento, Cadaverina de Carroña se materializó, sus
huesos traqueando como maracas. — ¡Satán, sinvergüenza! ¿Coqueteando con
gordas? — Miró a Borola—. ¡Entre esqueletos no hay gordos, señora! ¡No tientes
a mi esposo!
— ¡Gorda yo? ¡Esto es pura curva burrona, huesitos! —
replicó Borola, manos en la cadera—. Y si no quieres que te desarme como
rompecabezas, dile a tu vampiro que quite el brillo a mi hijo.
Susano, Chuy y el
Sapo-Rana Entran al Relajo
El alboroto atrajo a Susano Cantarranas y la Divina Chuy,
que pasaban cargando un saco de chatarra del Lodazal. Susano, con los ojos
rojos de tanto “caldo de oso” y apestando a pulque, señaló a Foforito. —
¡Órale, Chuy, mira! ¡El chamaco Burrón parece linterna! Esto lo vendemos en el
Lodazal como foco mágico.
Chuy, con su atuendo de encueratriz que dejaba boquiabiertos
a los vendedores, lo jaló del brazo. — ¡Susano, borracho inútil! Ese es el hijo
de Borola. No lo vendas. — Miró a Borola—. ¡Comadre, qué pasó? ¿Tu pequeño
comió un dulce maldito?
Borola explicó el incidente, mientras Foforito corría en
círculos, brillando como luciérnaga. Chuy encaró al vendedor. — ¡Confiesa,
flaco! ¿Qué traen esas calaveritas?
El vendedor, sudando, balbuceó: — Es un polvito que me dio
Don Sombroso Mortis. Dijo que era “esencia de calaca” para atraer clientes. ¡No
es mi culpa!
Don Sombroso Mortis, el calacón amigo de Cadaverina,
apareció con su bastón y sombrero de copa, sus huesos rechinando. — ¡Qué escándalo!
— dijo—. Esos dulces son inofensivos, solo hacen brillar un rato. Borola,
inscribe tus tamales en el concurso. ¡Ganarás como calaca en Día de Muertos!
— ¡Sombroso, no quiero concursos hasta que mi hijo deje de
brillar! — gritó Borola—. Y tú, Susano, deja el pulque y ayuda.
Susano, tambaleándose, intentó calmarla. — Pos yo sé un
remedio: un trago de tlachicotón apaga cualquier brillo. ¡Foforito, prueba!
— ¡Ni loca dejo que mi hijo tome tu veneno! — rugió Borola,
mientras Macuca sujetaba a Foforito, que ahora brillaba menos pero olía a
azúcar quemada.
En ese momento, Telesforeto Colín, el “Sapo-Rana”, entró al
mercado con su muñeco Pompeyo bajo el brazo. Con la cara curtida por el sol y
el pulque, saludó: — ¡Órale, qué relajo! Borola, ¿tu chamaco es foco o qué? —
Hizo hablar a Pompeyo, su muñeco de ojos saltones—. ¡Foforito, deja de brillar,
que opacas mi talento ventrílocuo!
Borola lo miró con desconfianza. — ¡Sapo-Rana, no vengas con
tus payasadas! ¿Ese muñeco habla o tú estás más borracho que Susano?
Pompeyo “respondió”: ¡Señora Burrón, yo soy la conciencia de
este borrachín! Y digo que ayudes al pequeño antes de que lo vendan como
lámpara en el Lodazal.
Susano, ofendido, señaló al muñeco. — ¡Oye, trapo, no me
llames borrachín! Yo soy un artista del pulque. — Y le dio un trago a su
botella de tlachicotón.
Chuy suspiró. — ¡Telesforeto, controla a tu muñeco! Y tú,
Susano, para de hacer el ridículo. Borola, dejemos que el Sapo-Rana nos ayude.
Dicen que conoce todos los trucos del mercado.
Avelino y los
Volantes del Concurso
En medio del caos, Avelino Pilongano apareció, cargando un
fajo de volantes para el concurso de tamales del Mercado del Mictlán. Su camisa
estaba más arrugada que un periódico viejo, y sus ojos tenían el brillo de un
poeta al borde de un colapso nervioso. — ¡Doña Borola! — exclamó—. Traigo
propaganda para el concurso de tamales. Pero, ¿qué pasa aquí? ¿Foforito es una
lámpara?
— ¡Avelino, babotas! — rugió Borola—. Seguro tus volantes
malditos trajeron a estos vampiros y calacas. ¡Ayúdame o le digo a Gamucita que
te ponga a lavar ropa!
Avelino, nervioso, improvisó: Foforito brillante, ¿por qué
luces como diamante? Chamaco radiante, te pisaré... el resplandor constante.
El Conde Satán Carroña, que observaba desde un puesto de “agua
de jamaica”, rió. — ¡Buen verso, poeta! Reparte más volantes y te invito a
probar mis tamales de jamaica. Pero solo jovencitas, ¿eh? Las señoras mayores
tienen sangre con grumos.
Cadaverina, furiosa, se materializó. — ¡Satán, sinvergüenza!
¿Coqueteando con esta gorda? — Miró a Borola—. ¡Entre esqueletos no hay gordos,
señora!
— ¡Gorda yo? ¡Pura curva burrona, huesitos! — replicó
Borola—. Y dile a tu vampiro que arregle lo de mi hijo o lo mando al panteón de
una chanclada.
Pinga Diabla, la vampira amiga de Satán, aterrizó con un
aleteo. — ¡Avelino, dame esos volantes! Los reparto en el cementerio. Pero
escribe algo gótico: Tamales que sangran, en la tumba se engalanan.
Avelino, sudando, le dio un puñado. — Vampira alada, tu
tamal es de alborada.
Telesforeto, viendo una oportunidad, hizo hablar a Pompeyo:
¡Poeta babotas, tus volantes son un fiasco! Reparte con ritmo, o te pisaré
el... ánimo. — Luego, a Borola—: Señora, yo sé dónde está el antídoto para el
brillo. Don Sombroso guarda un frasco de “limonada mística” en su puesto.
El Duelo Ventrílocuo
y la Guerra de Tamales
Borola, harta, organizó al grupo. — ¡Telesforeto, guía el
camino! Avelino, canta para distraer a la gente. Chuy, usa tu encanto de
encueratriz. Susano, quédate quieto. Macuca, vigila a Foforito.
Telesforeto, con Pompeyo en el brazo, los llevó a un puesto
en el fondo del mercado, donde Don Sombroso vendía amuletos de hueso. Pero el
caos estalló cuando Susano, borracho, decidió “ayudar” repartiendo los volantes
de Avelino. Los metió en un puesto de tamales, causando una bronca.
— ¡Mis tamales no son propaganda! — gritó el tamalero.
— ¡Y mis volantes no son servilletas! — chilló Avelino.
Telesforeto, para calmar los ánimos, hizo un show ventrílocuo.
Pompeyo “cantó”: ¡Tamales y danzón, qué gran combinación! Ven al Mictlán, no
seas bribón. La multitud aplaudió, pero Susano, celoso, retó a Telesforeto a un
duelo de rimas.
— ¡Sapo-Rana, yo soy el rey del pulque! — gritó Susano—. Con
tlachicotón, mis tamales son canción.
Pompeyo respondió: Borracho del Lodazal, tu pulque es fatal.
Come tamales, o te pisaré la... balada.
La multitud rió, pero el duelo escaló cuando Avelino,
inspirado, cantó: ¡Tamales del Mictlán, saben a puro afán! Ven al concurso, no
seas confuso! Su voz desafinada atrajo a unos mariachis del Lodazal, que
cantaron: Con pulque en mano, los tamales engaño.
Los volantes volaban como confeti, Foforito brillaba, y
Borola dirigía como general. Narciso, el mayordomo verde de los Carroña, apareció
gruñendo. — ¡Mortales ruidosos! Sus tamales no curan mi insomnio eterno.
La Preparación del
Concurso
Don Sombroso, presionado por Borola, trajo un frasco de
“limonada mística”. — Esto apaga el brillo — dijo, dándoselo a Foforito, que
dejó de brillar pero ahora olía a limón.
— ¡Por fin! — exclamó Borola—. Ahora, a preparar mis
tamales. ¡Chuy, ayúdame con la masa! Telesforeto, tú y tu muñeco promocionen el
concurso. Avelino, sigue repartiendo volantes. Susano, no toques el pulque.
De vuelta en el Callejón del Cuajo, Borola convirtió su
cocina en un campo de batalla. Macuca molía chiles, Foforito amasaba (y comía
masa cruda), y Borola dirigía como chef de alta cocina. — ¡Estos tamales de
mole van a hacer que el Conde Satán se chupe los colmillos! — dijo.
Chuy, con su experiencia de encueratriz, sugirió: — Ponles
un toque de chipotle, comadre. ¡Que piquen como mi carácter!
Susano, que había jurado no tomar pulque, no resistió y dio
un trago. — ¡Pos yo digo que les pongas tlachicotón! Tamales borrachos, ¡eso sí
es arte!
Borola lo ahuyentó con una cuchara. — ¡Fuera, borrachín!
Estos tamales son pa’l concurso, no pa’tu cantina.
Telesforeto y Pompeyo llegaron para ayudar. Pompeyo “dijo”:
¡Tamales de Borola, saben a pura gloria! Gana el concurso, o te pisaré el...
orgullo.
El Día del Concurso
El domingo, el Mercado del Mictlán estaba a reventar.
Puestos de tamales competían con aromas de mole, verde y dulce. Los jueces eran
Don Sombroso Mortis, Pinga Diabla y un tamalero legendario del Lodazal. Borola
presentó sus tamales de mole, decorados con hojas de maíz que parecían obra de
arte.
Satán Carroña, olfateando, se acercó. — ¡Señora Burrón,
estos tamales huelen mejor que mi jamaica! Si ganas, te invito a un danzón.
Cadaverina lo jaló. — ¡Satán, no coquetees! Pero, Borola,
esos tamales no están mal... para una gorda.
— ¡Pura curva burrona, huesitos! — replicó Borola.
Avelino, repartiendo volantes, cantó: ¡Tamales del Mictlán,
saben a puro afán! Pero tropezó, y los volantes cayeron en un puesto de pulque,
enfureciendo a Susano.
— ¡Babotas, mis tamales no llevan papel! — gritó Susano, que
había inscrito tamales de “tlachicotón”.
Telesforeto y Pompeyo hicieron un show ventrílocuo para
calmar a la multitud. Pompeyo: ¡Tamales y pulque, qué relajo! Voten por Borola,
o les pisaré el... trabajo.
El Gran Final
Los jueces probaron los tamales. Los de Susano hicieron
toser a Pinga Diabla. — ¡Esto sabe a cantina! — dijo. Los de Borola, en cambio,
arrancaron aplausos.
— ¡Borola Burrón gana! — anunció Don Sombroso, entregándole
la estatuilla de tamal dorado.
El Callejón del Cuajo celebró con un danzón en el Ritmo del
Mictlán. Borola bailó con Regino (a regañadientes), Avelino recitó versos a
Pinga, Susano y Chuy se reconciliaron en la pista, y Telesforeto y Pompeyo
fueron la sensación. Satán intentó seducir a Macuca, pero Cadaverina lo
ahuyentó. Foforito, con Wilson, lanzó tamales sobrantes como frisbees.
De vuelta en casa, Gamucita recibió a Avelino con frijoles.
— ¿Repartiste todo, babotas?
— Mamá, fue un tamal apocalíptico — dijo Avelino—. Mañana,
volantes de tortillas. ¿Quieres?
Borola, con su estatuilla, le dijo a Regino: — ¡Viste? Gané
y traje gloria. ¡Eso es ser Burrón!
El Mercado del Mictlán se volvió leyenda, con Borola como
reina, Avelino como poeta caótico, y los Carroña, Cantarranas, Sapo-Rana y
Burrón comiendo tamales en un danzón inolvidable.
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El Gran Concurso de
Tamales del Mercado del Mictlán
El Volante del
Concurso
En el Callejón del Cuajo, bajo un sol abrasador, Doña
Gamucita lavaba ropa mientras Avelino roncaba. En la casa de los Burrón, Borola
encontró un volante.
— ¡Regino, mira! — exclamó—. ¡El Mercado del Mictlán
organiza un concurso de tamales! Premio: tortillas gratis y un tamal de oro.
¡Voy a ganar!
Regino gruñó. — ¡Borola, no gastes! Tu última receta olió a
chamuco.
— ¡Ay, Regino, hacer tamales es arte! — replicó Borola—.
Macuca, Foforito, ¡al mercado!
Macuca pidió ingredientes; Foforito, dulces. Wilson ladró en
aprobación.
El Mercado del
Mictlán
El Mercado del Mictlán era un laberinto de aromas y colores.
Borola vio un puesto de chiles. — ¡Con estos, mis tamales ganarán! — dijo.
Macuca la jaló. — Mamá, primero masa y manteca.
Foforito comió una calaverita de azúcar y empezó a brillar.
— ¡Mamá, me siento raro! — chilló.
El vendedor rió. — ¡Magia del Mictlán! 50 pesos por diez.
Borola lo encaró. — ¡Flaco, mi hijo no es foco! ¡Devuélveme
mi dinero o te hago amasar con mi chancla!
Los Carroña y el
Brillo
El Conde Satán Carroña apareció. — ¡Señora Burrón, yo
ayudo... si me das un tamal! Pero nada de señoras mayores, su sangre tiene
grumos.
— ¡Vampiro, aquí la chancla reparte sangre! — replicó
Borola.
Cadaverina se materializó. — ¡Satán, sinvergüenza!
¿Coqueteando con gordas? Entre esqueletos no hay gordos.
— ¡Pura curva burrona, huesitos! — dijo Borola.
Susano, Chuy y el
Sapo-Rana
Susano Cantarranas y la Divina Chuy llegaron. Susano señaló
a Foforito. — ¡Chuy, el chamaco es linterna! ¡Lo vendemos!
— ¡Borracho inútil, es el hijo de Borola! — dijo Chuy.
El vendedor confesó: — Es “esencia de calaca” de Don Sombroso.
Sombroso apareció. — ¡Inofensivo! Borola, inscribe tus
tamales.
— ¡Primero quita el brillo! — gritó Borola.
Telesforeto Colín, el “Sapo-Rana”, llegó con Pompeyo. —
¡Borola, tu chamaco es foco! — Pompeyo “dijo”: ¡Foforito, no opaques mi
talento!
— ¡Sapo-Rana, controla tu muñeco! — dijo Borola.
Avelino y los
Volantes
Avelino llegó con volantes. — ¡Doña Borola, esto es un poema
apocalíptico! ¿Foforito es lámpara?
— ¡Babotas, tus volantes trajeron a estos locos! — rugió
Borola.
Avelino recitó: Foforito brillante, te pisaré... el
resplandor constante.
Satán rió. — ¡Reparte más, poeta! Solo jovencitas.
Pinga Diabla pidió volantes. — ¡Algo gótico! Tamales que
sangran, en la tumba se engalanan.
Duelo Ventrílocuo
Susano repartió volantes en un puesto de tamales, causando
bronca. Telesforeto calmó con Pompeyo: ¡Tamales y danzón, qué combinación!
Susano retó: Con tlachicotón, mis tamales son canción.
Pompeyo: Borracho, tu pulque es fatal. Come tamales, o te
pisaré la... balada.
Avelino cantó: ¡Tamales del Mictlán, saben a puro afán!
Mariachis se unieron, y los volantes volaron.
Preparación y
Concurso
Sombroso dio una limonada mística. Foforito dejó de brillar.
Borola organizó: — ¡Chuy, masa! Telesforeto, promociona. Avelino, volantes.
Susano, quieto.
En casa, Borola cocinó tamales de mole. Chuy sugirió
chipotle; Susano, pulque. Pompeyo: ¡Tamales de Borola, pura gloria!
El domingo, el mercado estaba a reventar. Borola presentó
sus tamales; Susano, unos de tlachicotón. Los jueces (Sombroso, Pinga,
tamalero) probaron. Los de Susano hicieron toser; los de Borola, brillar.
— ¡Borola gana! — anunció Sombroso, entregando el tamal
dorado.
El Danzón Final
El Callejón celebró en el Ritmo del Mictlán. Borola bailó
con Regino, Avelino recitó, Susano y Chuy se reconciliaron, Telesforeto y
Pompeyo fueron la sensación. Satán fue ahuyentado por Cadaverina. Foforito
lanzó tamales como frisbees.
Gamucita recibió a Avelino. — ¿Repartiste todo?
— Mamá, fue un tamal apocalíptico — dijo Avelino—. Mañana,
volantes de tortillas.
Borola, a Regino: — ¡Gané y traje gloria! ¡Eso es ser
Burrón!
El Mercado del Mictlán se volvió leyenda, con Borola como
reina y un danzón inolvidable.

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