En el bullicioso Callejón del Cuajo,
donde las risas y trifulcas diarias eran el pan de cada día, Borola Tacuche de
Burrón estaba aburrida. Después de terminar sus tareas habituales (organizar
rifas fallidas, intentar vender entradas para eventos inexistentes y regañar a
Foforito por comerse el almuerzo), decidió inspeccionar el closet de Don Regino
Burrón. Como siempre, esperaba encontrar algo útil… o al menos interesante.
—¡Miren esto! —exclamó Borola, sacando un montón de
cachivaches polvorientos—. ¡Aquí hay herramientas viejas, maderas y hasta un
par de sombreros ridículos! Creo que puedo usar todo esto para construir algo
increíble.
El Tejocote, quien había estado cerca tratando de arreglar
su bicicleta, levantó la vista con curiosidad.
—¿Algo increíble? ¿Como qué, mamá?
Borola sonrió con malicia mientras limpiaba una herramienta
oxidada.
—¡Una máquina voladora, mi retoño! Algo que nos eleve por
los cielos y nos dé una vista privilegiada de toda la vecindad. Imagínate:
seremos famosos, admirados por todos. ¡Incluso tu padre tendrá que reconocer mi
genio!
El Tejocote puso cara de duda.
—Mamá… no creo que eso sea seguro. Además, papá dice que tus
inventos siempre terminan en desastre.
—¡Tonterías! —respondió Borola, lanzando una llave inglesa
al aire—. Esta vez será diferente. Ahora, ven aquí y ayúdame a construir esta
maravilla.
La Construcción de la Máquina Voladora
Con entusiasmo desbordante, Borola y el Tejocote comenzaron
a trabajar en su ambicioso proyecto. Utilizando materiales reciclados y piezas
encontradas en el patio trasero, construyeron un aparato extravagante que parecía
una mezcla entre un globo aerostático, un avión y una carretilla voladora.
- Estructura: Hecha de madera vieja y sostenida por cables
oxidados.
- Propulsión: Globos llenos de aire caliente impulsados por
quemadores improvisados.
- Decoración: Sombrillas desgastadas y banderas de colores
brillantes para darle un toque "elegante".
Mientras trabajaban, Don Regino apareció para ver qué
estaban haciendo.
—¿Qué barbaridad están fabricando ahora? —preguntó,
ajustándose las gafas.
—¡Es una máquina voladora, querido! —respondió Borola con
orgullo—. Nos llevará a las alturas y demostrará que soy una mujer visionaria.
Regino bufó.
—Esto no va a funcionar. Pero bueno, si se caen, asegúrense
de no romper nada importante.
Macuca, quien había estado observando desde la ventana,
gritó:
—¡Yo también quiero subir! ¡Quiero tomar fotos para
presumirlas en las redes sociales!
Borola negó con la cabeza.
—Ni hablar, jovencita. Esto es una misión exclusiva para mí
y el Tejocote. Ustedes pueden quedarse abajo y aplaudir nuestra hazaña.
El Gran Día del Vuelo
Finalmente llegó el día de la prueba. Toda la vecindad se
reunió en el patio trasero para observar el evento. Habían traído sillas,
refrescos y hasta palomitas de maíz, como si fuera una función de cine al aire
libre.
—¡Atención, señoras y señores! —anunció Borola, parada
frente a la máquina voladora con un megáfono—. Hoy, ustedes presenciarán algo
histórico: el primer vuelo tripulado de la máquina voladora Burrón-Tacuche.
¡Prepárense para asombrarse!
Los vecinos aplaudieron, aunque algunos murmuraban cosas
como:
—Seguro que esto termina mal…
—¡Callaos! —gritó Borola, agitando su sartén favorito—. No
saben apreciar el talento cuando lo ven.
Con un sombrero de aviador y unas gafas enormes, Borola
subió a la máquina seguida por el Tejocote, quien llevaba un casco de bicicleta
y expresión resignada.
—¿Listo, hijo? —preguntó Borola.
—No mucho, pero ya estamos aquí —respondió el Tejocote,
aferrándose a los bordes.
Borola encendió los quemadores, y poco a poco, la máquina
comenzó a elevarse. Los globos se inflaron, y los motores improvisados hicieron
un ruido estridente que resonó por toda la vecindad.
El Viaje por los Cielos
A medida que ascendían, Borola y el Tejocote experimentaron
una sensación indescriptible. Desde las alturas, podían ver toda la vecindad
extendida ante ellos: los techos rojos, los patios llenos de ropa tendida y
hasta a Wilson, el perro de la familia, persiguiendo un gato.
—¡Lo logramos, mi retoño! —gritó Borola, emocionada—. ¡Somos
los primeros de la vecindad en volar!
El Tejocote miró hacia abajo con nerviosismo.
—Sí… pero creo que deberíamos regresar pronto. Este cacharro
no parece muy estable.
De repente, una ráfaga de viento los desvió hacia una torre
cercana. La máquina comenzó a girar de manera incontrolable, y ambos gritaron
mientras trataban de maniobrar.
—¡Sujétate fuerte! —ordenó Borola, jalando palancas al azar.
Con giros y maniobras torpes, lograron desviar la máquina en
el último momento, evitando chocar contra la torre. Finalmente, la máquina
voladora aterrizó bruscamente en un patio trasero, causando risas y aplausos
entre los vecinos.
El Regreso Triunfal
Borola y el Tejocote descendieron de la máquina desaliñados
pero triunfantes. Los vecinos los rodearon para felicitarlos, aunque algunos
todavía murmuraban comentarios sarcásticos.
—¡Vaya espectáculo, doña Borola! —dijo Don Susano
Cantarranas, levantando su botella de alcohol—. Nunca pensé que viviría para
ver algo así.
Borola sonrió con orgullo.
—Gracias, gracias. Pero esto no es nada. Pronto construiré
una nave espacial y visitaré la luna.
Regino, desde su peluquería El Rizo de Oro, observó todo con
una mezcla de admiración y preocupación.
—Creo que deberíamos esconder las herramientas antes de que
intente algo más loco —murmuró.
Moraleja
Esta historia no solo dejó una sonrisa en los rostros de los
lectores, sino que también celebró la idea de perseguir sueños audaces y
abrazar la diversión en la vida cotidiana. Aunque la máquina voladora era
absurda e insegura, demostró que el ingenio, la creatividad y el humor pueden
convertir cualquier locura en una experiencia memorable.
Así concluyó otra página llena de humor y emoción en el
legado de la Familia Burrón, recordándonos que la vida está llena de sorpresas
y momentos para atesorar.
Fin. 😊

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