Todo comenzó una tarde tranquila en el
Callejón del Cuajo, cuando Don Susano Cantarranas apareció tambaleándose frente
a la casa de los Burrón. Llevaba una botella de pulque casi vacía en una mano y
un viejo mapa desgastado en la otra.
—¡Borola, prima querida! —gritó Susano
con voz pastosa mientras entraba sin invitación—. ¡Ven a ver esto! ¡Acabo de
encontrar el mapa del tesoro más grande de México!
Doña Borola, quien estaba ocupada
probándose un vestido nuevo frente al espejo, lo miró con desconfianza.
—¿Mapa del tesoro? ¿Estás seguro de que
no te lo dibujaste tú mismo mientras tomabas tu "caldo de oso"?
—¡Claro que no! —respondió Susano
ofendido—. Este mapa fue encontrado en un bote de basura cerca de El Lodazal.
Mira estas marcas: dice que el tesoro está escondido justo aquí, en el Callejón
del Cuajo.
Borola se acercó curiosa y examinó el
mapa. Aunque estaba lleno de manchas de grasa y olía sospechosamente a pulque,
algo en él capturó su imaginación.
—Hmm… tal vez tengas razón, Susanito
—dijo pensativa—. Si logramos encontrar este tesoro, podré comprar todas las
lentejuelas que quiera para mis vestidos nuevos.
Decidieron iniciar la búsqueda esa
misma noche, aprovechando que todos los vecinos estarían durmiendo. Equipados
con linternas, palas improvisadas y una botella extra de pulque (por si
necesitaban "valor"), Borola y Susano se dirigieron al lugar indicado
en el mapa: un viejo árbol en el patio trasero de la vecindad.
—Aquí debe ser —susurró Borola mientras
señalaba una marca en el tronco del árbol—. Según el mapa, el tesoro está
enterrado debajo de esta raíz gigante.
Susano, que ya iba bastante mareado por
el pulque, comenzó a cavar con entusiasmo. Sin embargo, después de unos
minutos, solo había logrado hacer un hoyo pequeño y llenarse de tierra desde
los pies hasta el sombrero.
—¡Esto es agotador! —se quejó,
dejándose caer al suelo—. Tal vez deberíamos contratar a alguien más fuerte
para que haga el trabajo sucio.
—¡Tonterías! —replicó Borola,
quitándole la pala—. Yo misma lo haré. Después de todo, soy una mujer fuerte y
decidida.
Mientras Borola cavaba con energía,
algo extraño ocurrió: del hoyo emergió un brillo dorado. Ambos se quedaron
boquiabiertos al ver lo que parecía ser… ¡una vieja caja oxidada!
Con manos temblorosas, Borola abrió la
caja y encontró… ¡un montón de objetos inservibles! Había un collar roto, un
reloj sin manecillas, varias monedas oxidadas y un par de calcetines viejos.
—¿Qué significa esto? —preguntó Susano
confundido—. ¿Dónde está el oro? ¿Y las joyas?
—¡Esto no puede ser! —exclamó Borola
frustrada—. ¡Alguien nos robó el verdadero tesoro antes de que llegáramos!
En ese momento, escucharon risas detrás
de ellos. Era Don Regino, acompañado de Fóforo y Wilson.
—Así que estaban buscando tesoros, ¿eh?
—dijo Don Regino sonriendo—. Pues déjenme decirles que ese "tesoro"
lleva ahí desde hace años. Lo enterré yo mismo cuando limpiaba la peluquería.
—¿Entonces esto no vale nada? —preguntó
Susano, visiblemente decepcionado.
—No exactamente —respondió Fóforo,
revisando el contenido de la caja—. Estos objetos tienen valor histórico para
el Callejón del Cuajo. Por ejemplo, esta moneda oxidada perteneció al primer
dueño de la vecindad.
Borola frunció el ceño, claramente
insatisfecha.
—¡Historia, bah! Yo quería diamantes y
riquezas, no chatarra vieja.
Justo cuando estaban a punto de
abandonar el lugar, Wilson comenzó a ladrar emocionado y empezó a cavar
nuevamente cerca del árbol. Para sorpresa de todos, el perro descubrió otra
caja, esta vez más pequeña y bien conservada.
Cuando Borola la abrió, sus ojos
brillaron de emoción: dentro había un collar de lentejuelas plateadas que
parecía sacado de una película de Hollywood.
—¡Es mío! ¡Mi destino ha sido revelado!
—gritó Borola mientras se ponía el collar frente al espejo—. ¡Soy la reina
indiscutible del Callejón del Cuajo!
Susano, aún sentado en el suelo
cubierto de tierra, suspiró resignado.
—Supongo que al menos tú saliste
ganando algo de esta aventura. Pero yo sigo sin mi fortuna…
Regino lo ayudó a levantarse mientras
le daba unas palmaditas en la espalda.
—Vamos, Susanito. Tal vez otro día
encuentres un tesoro mejor… o al menos deja de beber tanto pulque.
A la mañana siguiente, Borola lucía
orgullosa su nuevo collar de lentejuelas durante el desayuno. Todos en la
familia notaron que el objeto parecía demasiado llamativo, incluso para ella.
—¿Sabes qué, mamá? —comentó Macuca con
una sonrisa traviesa—. Ese collar parece haber sido hecho especialmente para
ti.
—¡Por supuesto que sí! —respondió
Borola pavoneándose—. Es el destino, hija. El destino siempre me encuentra.
Mientras tanto, en El Lodazal, La
Divina Chuy regañaba a Susano por llegar a casa cubierto de tierra y oliendo a
pulque.
—¿Y bien? ¿Qué trajiste esta vez?
—preguntó ella cruzándose de brazos.
—Nada… excepto una buena historia
—respondió Susano encogiéndose de hombros—. Pero te aseguro que la próxima vez
traeré algo mejor.
Chuy rodó los ojos, pero no pudo evitar
reírse.
Y así concluyó otra noche memorable en
el Callejón del Cuajo, donde el misterio, la risa y la excentricidad siempre
prevalecen.
Fin.

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