El Caos en el Metro: Telesforeto, Pompeyo y Borola al Rescate

 


En una mañana tranquila en el Callejón del Cuajo, cuando Telesforeto Colín llegó con su característico paso tambaleante y su inseparable muñeco Pompeyo sobre el hombro. Estaba visiblemente agotado, pero también emocionado.

¡Amigos queridos! anunció con dramatismo mientras ajustaba su sombrero verde. ¡Acabo de conseguir un trabajo en el Metro de la Ciudad de México!

Borola Tacuche, quien estaba probándose un nuevo vestido lleno de lentejuelas frente al espejo, giró rápidamente. ¿En el Metro? ¿Qué vas a hacer allá, Telesforeto? ¿Vender pulque?

No, no respondió Telesforeto con orgullo. Seré un operador de trenes. Mi habilidad para hablar con Pompeyo será clave para comunicarme con los pasajeros. Pompeyo, siempre pragmático, intervino con su voz aguda: Lo que él quiere decir es que nos contrataron porque necesitaban alguien que pudiera trabajar sin dormir. Después de todo, ya llevo siglos sin pegar ojo.

Borola, entusiasmada, exclamó:

¡Eso suena emocionante! Yo también quiero trabajar en el Metro. Podría ser la jefa de estación, o mejor aún, la encargada de diseñar nuevos uniformes... ¡con mucho glamour, claro!

Don Regino, mirando a Borola, le comenta, ¿Tú, trabajando en el Metro? Borola, ni siquiera puedes cruzar la calle sin causar un accidente.

¡Tonterías! replicó Borola, ofendida. Tengo todas las cualidades necesarias: soy creativa, organizada y extremadamente elegante. Además, mi experiencia como "encueratriz exótica" me ha enseñado a manejar multitudes. 

El Tejocote, soltando una carcajada,  Mamá, creo que lo único que vas a manejar son los gritos de los pasajeros cuando te vean pavoneándote por las vías. Borola le lanzó una mirada fulminante.

¡Silencio, Tejocote! Este es un asunto serio. Telesforeto, ¿cuándo empiezas?

Mañana mismo respondió Telesforeto. Y tú deberías venir con nosotros, Borola. Podríamos formar un equipo increíble.

Al día siguiente, Borola y Telesforeto llegaron a la estación central del Metro, listos para comenzar su nueva aventura. Borola llevaba un uniforme modificado que incluía botas de diseñador, un sombrero extravagante y su infaltable abrigo de pieles, mientras que Telesforeto lucía su clásico traje verde y su expresión de cansancio perpetuo.

El supervisor de la estación, un hombre serio llamado Don Fermín, los recibió con desconfianza.

Escuchen bien, ustedes dos dijo con tono severo. Esto no es un circo. Necesitamos operadores responsables y trabajadores. Si causan algún problema, los echaré a patadas.

Borola, fingiendo inocencia, respondió:

¡No se preocupe, jefe! Somos profesionales. Además, traigo mi mosquetón por si hay emergencias.

Don Fermín suspiró profundamente.

Está bien. Telesforeto, tú serás el operador del tren en la Línea 1. Borola, tú serás la encargada de anunciar las estaciones.

Telesforeto subió a la cabina del tren, con Pompeyo sentado junto a él.

Tranquilo, amigo dijo Pompeyo. Solo sigue las instrucciones y no toques botones extraños.

Telesforeto asintió nerviosamente y accionó los controles. El tren cobró vida con un rugido ensordecedor y comenzó a moverse.

Mientras tanto, Borola se colocó frente al micrófono para anunciar las estaciones.

¡Atención, estimados pasajeros! gritó con su voz melodramática. Bienvenidos al Metro Glamour. Próxima estación: Tacubaya... ¡donde la moda nunca descansa!

Los pasajeros intercambiaron miradas confundidas, pero algunos aplaudieron divertidos.

Sin embargo, algo salió mal. Telesforeto, distraído hablando con Pompeyo, no notó que el tren estaba acelerando peligrosamente.

¡Cuidado, Telesforeto! gritó Pompeyo. ¡Nos vamos a estrellar contra la próxima estación!

 

Telesforeto intentó frenar, pero accidentalmente activó el sistema de altavoces en lugar del freno. ¡Pasajeros, mantengan la calma! dijo su voz amplificada por todo el tren. Esto es solo una pequeña turbulencia... ¡como en un avión!

Borola, al escuchar el caos desde el vagón principal, decidió intervenir. Sacó su mosquetón y disparó al aire para llamar la atención.

¡Silencio, todos! gritó. Soy la jefa de estación, y puedo asegurarles que este tren está bajo control.

Finalmente, el tren llegó a la estación de Tacubaya con un chirrido estridente, deteniéndose justo a tiempo antes de colisionar.

Después del incidente, Don Fermín estaba furioso.

¡Esto es inaceptable! rugió. Si vuelven a causar problemas, los despediré inmediatamente.

Borola, siempre ingeniosa, propuso una solución.

Jefe, déjenos demostrarle nuestro verdadero potencial. Organizaremos un evento especial para los pasajeros: un espectáculo de ventriloquia y danzón en el tren. Así aumentaremos la moral de los usuarios y les harán olvidar cualquier inconveniente.

Don Fermín, aunque escéptico, aceptó.

Está bien, pero más vale que funcione. Si esto sale mal, ambos están fuera.

Esa noche, el tren fue decorado con luces brillantes y carteles que anunciaban: "El Danzón Subterráneo: Una Experiencia Inolvidable".

Borola lideró el espectáculo, bailando elegantemente mientras anunciaba las estaciones con comentarios humorísticos.

¡Próxima parada: Balderas! —gritó—. ¡Aquí pueden comprar flores para impresionar a su pareja... o para disculparse después de un pleito!

Los pasajeros aplaudieron encantados, y algunos incluso comenzaron a bailar en los vagones.

Telesforeto, por su parte, realizó un número de ventriloquia con Pompeyo, quien robó corazones con su sentido del humor.

¿Sabían que los trenes del Metro tienen sentimientos? —preguntó Pompeyo—. Por eso siempre dicen "uuuuuu" cuando pasan por los túneles.

La risa colectiva llenó el vagón, y por un momento, todos olvidaron los problemas diarios.

El evento fue un éxito rotundo. Los pasajeros felicitaron a Borola y Telesforeto, y Don Fermín tuvo que admitir que habían hecho un gran trabajo.

 

Bien hecho dijo con una sonrisa forzada. Pero recuerden: nada de disparos ni acelerones en el futuro.

Borola, pavoneándose, respondió:

No se preocupe, jefe. Ahora somos expertos en transporte público.

Telesforeto, visiblemente exhausto pero feliz, añadió:

Y gracias a Pompeyo, aprendí que incluso un muñeco puede ser un buen copiloto.

Cuando regresaron al Callejón del Cuajo, todos celebraron con un banquete improvisado. Borola, como siempre, lució su abrigo de pieles mientras proponía nuevas ideas para futuros proyectos.

¿Quién sabe? Tal vez pronto organicemos un concierto en el metro... ¡o incluso un desfile de moda!

Todos rieron, sabiendo que otra aventura caótica había llegado a su fin.

Y así concluyó otra noche memorable en el Callejón del Cuajo, donde el ingenio, el humor y el amor siempre prevalecen.

 

 

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