En la
vecindad del Callejón del Cuajo, Borola se encontraba sentada en el patio,
sacándole brillo a su siempre fiel "mosquetón". Mientras tanto, el
bullicio típico de la vecindad seguía su curso: niños jugando, vecinas
chismeando y vendedores pregonando sus productos. Borola, con su mente
inquieta, observaba a su alrededor en busca de inspiración.
De
repente, su mirada se fijó en un joven que caminaba por el callejón cargando un
costal lleno de botellas para reciclar. Era El Roque, un muchacho tímido
pero musculoso, conocido por su disposición para ayudar a las vecinas con sus
mandados.
—¡Caracoles
y pejelagartos! —exclamó Borola mientras se levantaba de golpe—. Este chamaco
tiene potencial. ¡Le veo madera de luchador enmascarado!
Sin
pensarlo dos veces, Borola interceptó a Roque.
—¡Chamaco!
A partir de hoy serás mi protegido. Te voy a convertir en el próximo ídolo de
la lucha libre. Vas a brillar en el ring como el mismísimo "Mil
Máscaras".
Roque,
sorprendido, dejó caer su costal.
—¿Yo?
Pero si no sé ni pelear, doña Borola.
—¡Eso no
importa! Lo que necesitas es actitud, fuerza y un buen nombre artístico.
Déjamelo a mí.
Borola,
siempre creativa, transformó el patio de la vecindad en un centro de
entrenamiento. Aprovechando su experiencia como "encueratriz" y
luchadora ocasional, diseñó un programa de preparación que desafiaba la lógica:
- "La Plancha
Voladora":
Borola enseñó a Roque a saltar desde el tendedero de ropa usando colchones
viejos como ring.
- "El Garrafón
Giratorio":
Usaron un garrafón de agua vacío como saco de boxeo improvisado.
- "El Tacuche Mortal": Una llave maestra creada
por Borola que combinaba el "patín yucateco" con un giro
inesperado.
Entre
risas y accidentes, Roque comenzó a desarrollar confianza. Mientras tanto,
Borola diseñó su atuendo de luchador, utilizando pedazos de tela de colores y
una máscara que encontró en el mercado. Lo bautizó como "El Cóndor de
Chamucos".
Un día,
mientras Borola y Roque practicaban en el patio, llegó a la vecindad Don
Jeringas, un promotor de lucha libre en busca de nuevos talentos para su
torneo local. Al ver a Roque en acción, quedó impresionado.
—¡Ese
muchacho tiene algo especial! —dijo—. Lo quiero en mi evento del sábado por la
noche.
Borola,
emocionada, aceptó la oferta en nombre de Roque.
—¡Perfecto!
Prepárese para ver al mejor luchador que haya pisado el ring.
La arena
estaba llena de espectadores ansiosos. Borola llegó al lugar con toda la
vecindad como porra, portando pancartas hechas a mano que decían: "¡Vamos,
Cóndor de Chamucos!".
El primer
rival de Roque era "El Titanazo", un luchador veterano
conocido por su fuerza bruta. Aunque al principio Roque parecía nervioso, las
palabras de aliento de Borola desde la esquina lo llenaron de confianza.
—¡Recuerda
lo que te enseñé, chamaco! ¡El Tacuche Mortal!
En un
momento épico, Roque logró aplicar su llave maestra y dejó a su oponente fuera
de combate. El público rugió en aplausos mientras Borola entraba al ring para
levantar el brazo de su pupilo.
—¡Lo
logramos, caracoles y pejelagartos! ¡El Cóndor de Chamucos ha nacido!
A partir
de ese día, Roque se convirtió en una estrella en ascenso en la lucha libre, y
Borola, como su mánager, disfrutó cada momento del éxito. Aunque las riquezas
nunca llegaron, Borola siempre decía con orgullo:
—¡Yo lo
descubrí! Y como siempre, una Tacuche nunca se equivoca.
La vecindad entera celebró el triunfo, y Borola, fiel a su espíritu, ya planeaba su siguiente gran aventura.

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