Gamucita y Avelino en la Panadería de Ruperto Tacuche

  


Gamucita y Avelino en la Panadería de Ruperto Tacuche

 

Era una mañana fría y tranquila en el Callejón del Cuajo. Gamucita Botello Pericocha, una mujer trabajadora y madre abnegada, había estado despierta desde el amanecer, lavando ropa ajena para mantener su humilde hogar. Su hijo Avelino Pilongano, conocido por su pereza y afición a la poesía, seguía profundamente dormido en la única cama de su habitación.

 

Gamucita, con el corazón lleno de preocupación, se acercó a Avelino y lo sacudió suavemente. "Avelino, hijo, es hora de levantarse. Tienes que ir a trabajar en la panadería de Ruperto," dijo con una voz dulce pero firme.

 

Avelino, cubriéndose con las cobijas, murmuró: "Mamá, un poeta de mi calibre no debería rebajarse a trabajar en una panadería."

 

Gamucita, suspirando profundamente, decidió que era hora de tomar medidas más drásticas. Ella sabía que Borola Burrón, su buena amiga y hermana de Ruperto, siempre tenía ideas creativas para motivar a los perezosos.

 

Esa misma mañana, Gamucita fue a casa de los Burrón en busca de consejo. Borola la recibió con una sonrisa y un abrazo cálido. "Gamucita, querida, ¿qué te trae por aquí tan temprano?" preguntó.

 

Gamucita explicó la situación y Borola, con su entusiasmo habitual, ideó un plan para motivar a Avelino. "No te preocupes, Gamucita. Vamos a darle una lección a ese holgazán. Esta noche, vamos a hacer que se sienta tan avergonzado que no tendrá otra opción que levantarse y trabajar," dijo Borola, guiñando un ojo.

 

Esa noche, Borola, Don Regino, Reginito, Macuca y Foforito se dirigieron a casa de Gamucita, llevando disfraces y una buena dosis de humor. Se prepararon para llevar a cabo el plan, mientras Gamucita observaba con una mezcla de nervios y emoción.

 

Avelino, como de costumbre, se fue a dormir temprano, ignorando las súplicas de su madre para levantarse y trabajar. Borola y su equipo esperaron hasta que Avelino estuviera profundamente dormido antes de ponerse en acción.

 

Primero, Reginito y Foforito se disfrazaron de fantasmas y comenzaron a hacer ruidos extraños y aterradores. Avelino, despertándose sobresaltado, vio las sombras en las paredes y escuchó los gemidos.

 

"Mamá, ¡hay fantasmas en la casa!" gritó Avelino, temblando de miedo.

 

Borola, disfrazada de uno de los fantasmas, se acercó a Avelino y dijo con una voz grave: "Avelino Pilongano, debes trabajar en la panadería de Ruperto Tacuche o serás atormentado por estos fantasmas para siempre."

 

Avelino, asustado y avergonzado, prometió que se levantaría temprano para ir a trabajar. "¡Lo prometo, lo prometo! Solo déjenme en paz," suplicó.

 

Al día siguiente, Avelino, cumpliendo su promesa, se levantó temprano y se dirigió a la panadería de Ruperto. Al llegar, fue recibido por Borola y Ruperto, quienes lo esperaban con sonrisas.

 

"Bienvenido, Avelino. Sabemos que puedes ser un gran ayudante en la panadería," dijo Ruperto, dándole una palmadita en la espalda.

 

Aunque al principio estaba renuente, Avelino pronto se dio cuenta de que trabajar en la panadería no era tan malo. Ruperto le enseñó a amasar la masa, hornear el pan y crear deliciosas campechanas. Avelino descubrió que, aunque no era poesía, el arte de la panadería también tenía su propia belleza y satisfacción.

 

Con el tiempo, Avelino comenzó a disfrutar de su trabajo y a sentirse orgulloso de sus logros. Incluso escribió algunos poemas sobre el arte de hacer pan, combinando sus dos pasiones de una manera única.

 

Gamucita, viendo el cambio en su hijo, no podía estar más orgullosa. "Avelino, estoy tan feliz de verte trabajando y haciendo algo productivo. Sabía que tenías potencial," dijo, abrazándolo con lágrimas de alegría.

 

La noticia del cambio de Avelino se extendió por todo el Callejón del Cuajo, y los vecinos comenzaron a visitarlo en la panadería, curiosos por ver al poeta convertido en panadero. Borola, siempre el alma de la fiesta, organizó una celebración en la panadería para honrar a Avelino y su nuevo compromiso con el trabajo.

 

Durante la celebración, Borola tomó la palabra y dijo: "Hoy celebramos no solo el trabajo duro de Avelino, sino también el poder de la comunidad y la amistad. Cuando nos apoyamos mutuamente, podemos lograr cosas increíbles."

 

La familia Burrón, junto con Gamucita y Avelino, disfrutaron de una noche llena de risas, música y deliciosos panes recién horneados. Avelino, con una sonrisa en el rostro, se dio cuenta de que había encontrado un nuevo propósito y una nueva forma de contribuir a su comunidad.

 

Desde ese día, Avelino continuó trabajando en la panadería, combinando su amor por la poesía con el arte de hacer pan. La panadería de Ruperto se convirtió en un lugar aún más especial, donde el talento y la creatividad florecían cada día.

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RELATO AUDIO LA PANADERÍA DE RUPERTO


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