Borola y los Fantasmas del Callejón del Cuajo: Una Lección Inolvidable
Era una
noche tranquila en el Callejón del Cuajo cuando Borola, preocupada por la
creciente afición de los esposos de sus vecinas al pulque y otras bebidas
alcohólicas, decidió que era hora de tomar medidas. Había escuchado demasiadas
historias de noches de juerga y consecuencias desafortunadas, y sabía que tenía
que hacer algo para ayudar a sus vecinas y, al mismo tiempo, dar una lección a
esos esposos despreocupados.
Después
de reflexionar, Borola tuvo una idea brillante: aprovechar las viejas leyendas
de fantasmas del Callejón del Cuajo para asustar a los hombres y hacer que
reconsideraran su hábito de beber. Con su plan en mente, reunió a sus amigos
más cercanos, incluidos Reginito, Macuca y Foforito, para ayudarlos a poner en
marcha el plan.
"Vamos
a montar una escena de terror que hará que esos esposos piensen dos veces antes
de tomar otra bebida," dijo Borola, con una sonrisa traviesa en el rostro.
La
primera parte del plan involucraba crear una atmósfera de misterio y miedo.
Borola y los niños decoraron el callejón con luces parpadeantes, telas de araña
falsas y sonidos espeluznantes que salían de un gramófono antiguo que habían
encontrado en el ático de Don Regino. El ambiente estaba listo para la noche de
terror.
Esa
noche, mientras los esposos de las vecinas, incluyendo a Don Regino, Don Pancho
y otros, se reunían en la taberna local, Borola y su equipo se prepararon para
la segunda fase del plan. Con la ayuda de Ruperto Tacuche, quien se prestó
voluntariamente para disfrazarse de un antiguo fantasma del barrio, comenzaron
a patrullar el callejón, haciendo ruidos y creando sombras inquietantes.
El primer
objetivo fue Don Pancho, conocido por su amor al pulque. Mientras regresaba a
casa tambaleándose, vio una sombra extraña moviéndose entre las casas.
"¿Quién anda ahí?" preguntó, con voz temblorosa.
De repente,
Ruperto apareció, vestido con una sábana vieja y una lámpara de aceite,
imitando a un fantasma. "Soy el espíritu del Callejón del Cuajo. ¡Deja el
alcohol o enfrentarás mi ira!" exclamó, con una voz profunda.
Don
Pancho, aterrorizado, corrió a su casa gritando. "¡Nunca más beberé
pulque, lo prometo!" gritaba, mientras Borola y los niños observaban desde
la distancia, conteniendo la risa.
El
siguiente en la lista fue Don Regino. Mientras caminaba hacia su casa, escuchó
una voz susurrante que parecía salir de las sombras. "Regino, deja de
beber o pagarás las consecuencias," decía la voz, que era Foforito
escondido detrás de una pared.
Regino,
aunque más escéptico, no pudo evitar sentir un escalofrío en la espalda.
Aceleró el paso, prometiéndose a sí mismo que sería la última vez que bebiera
tanto.
La noche
continuó con más sustos para otros esposos del barrio, todos ellos orquestados
por Borola y su equipo. Los hombres, aterrorizados y convencidos de que los
fantasmas del Callejón del Cuajo estaban vigilando, prometieron cambiar sus
hábitos de inmediato.
Al día
siguiente, Borola se reunió con las vecinas para contarles lo que había
sucedido. Doña Remedios, Gamucita y otras mujeres no pudieron contener la risa
al escuchar cómo sus esposos habían sido asustados por "fantasmas".
"Borola, eres un genio. Has logrado lo que creíamos imposible," dijo
Doña Remedios, abrazando a Borola.
Los
esposos, avergonzados pero agradecidos, admitieron que habían aprendido una
lección importante. "Está bien, Borola. Lo entendemos. Vamos a tomar
nuestras vidas con más seriedad y dejar el alcohol," dijo Don Pancho, con
una sonrisa.
La
historia de los fantasmas del Callejón del Cuajo se convirtió en una leyenda en
el barrio, recordada con cariño y risas por todos. Borola demostró una vez más
que, con un poco de creatividad y amor, cualquier problema puede resolverse de
manera divertida e inolvidable.



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