
El primer tebeo de La familia Burrón
que leí llevaba el siguiente lema como encabezamiento de cada una de
las historietas que incluía: «Reír, es bueno». En una de esas
historietas se contaba cómo las bandas de «robachicos» se dedican a
secuestrar niños para venderlos o esclavizarlos. En otra, como algunos
padres que no llevan al médico a sus hijos tras sufrir mordeduras de
perros rabiosos, ven cómo estos mueren entre horribles padecimientos. En
una más, como las bailarinas «exóticas» extranjeras le quitan el
trabajo a las nacionales y luego se burlan de los agentes de inmigración
que intentan comprobar si tienen regularizados sus papeles gracias a
que están protegidas por «padrinos» poderosos y corruptos. En otra,
dedicada a un tema tan festivo como las vacaciones en la playa, en fin,
se nos advierte de que «no es grato para nadie salir de vacaciones para
encontrarse horas después desangrándose entre muertos y heridos».
No, en efecto, no es grato. Para nadie.
Y sí, reír es bueno.
Pero
parecía que aquel tebeo de apariencia tan simplona e inocente no iba a
hacerme reír demasiado, por mucho que lo proclamara cada cuatro páginas.
En realidad, ese número de La familia Burrón (el nº 770 de 9 de julio de 1993, por si alguien siente curiosidad) no era del todo representativo de La familia Burrón.
Ninguna de las historietas estaba protagonizada por la familia o por
alguno de sus personajes satélite, y todas ellas tenían un marcado tono
moralista y educativo. Lo que he leído después tiene otro tenor, aunque
mantiene ese fuerte contraste entre su aspecto inofensivo y su crudo
contenido.
La familia Burrón es la
primera familia de México, y Gabriel Vargas el primer historietista
nacional. Vargas murió en mayo de este mismo año, con 95 años de edad,
dejando detrás uno de los más impresionantes legados viñeteros
mundiales. Iniciado profesionalmente en la prensa cuando era un
adolescente, Vargas fue uno de los pioneros del cómic mexicano de la
edad de oro, creador de series realistas y luego humorísticas de enorme
éxito hasta que en 1948 empezó con La familia Burrón, una crónica
en más de 1.600 episodios de la vida de un grupo familiar, pero también
de todo su vecindario, de su sociedad y de su nación. La familia Burrón
tuvo un gran éxito popular, pero además consiguió algo casi inédito en
México: las alabanzas de los intelectuales que, encabezados por Carlos
Monsiváis, santo patrón de la cultura popular en este país, la
consagraron como la serie de cómic que, sin abandonar sus humildes
orígenes, fue capaz de trascender como una muestra genuina del arte y la
cultura nacionales. Como indica Bruce Campbell (¡Viva la historieta!), La familia Burrón
«funciona como un medio para la relación entre una generación de
intelectuales mexicanos, por un lado, y la experiencia social mexicana
popular, por el otro; entre la intelligentsia y "lo popular" -al menos
en tanto en cuanto "lo popular" ha encarnado para muchos intelectuales
latinoamericanos un punto de presión indispensable en oposición a, o se
ha esforzado por reformar, la aspiración oficial de un modelo de
modernidad capitalista del "primer mundo"».
Lo
cierto es que Gabriel Vargas -que, dicho sea de paso, es autor de las
«ideas y textos» durante la mayor parte de la existencia de la serie,
dejando los dibujos en manos de su sobrino Agustín Vargas y de Miguel
Mejía o Raúl Moysen, entre otros dibujantes- ha conseguido una colección
de reconocimientos oficiales inéditos en este país (durante el día de
Muertos vi su nombre en un reducido panteón público junto al de José
Saramago y el del propio Monsiváis), y La familia Burrón ha
conseguido algo que aquí parece milagroso: perpetuarse ante el público y
entrar en las librerías. Aunque la serie terminó en 2009, desde
principios de siglo la editorial Porrúa recopila los episodios de su
segunda etapa (iniciada en 1978) en tomos de tapa dura en blanco y negro
que se pueden encontrar en cualquier librería generalista. Si no me
equivoco, es el único cómic clásico mexicano que está reeditado y
disponible en la actualidad.
La familia Burrón
es algo más que una serie familiar. La protagonista principal es la
increíble Borola Tacuche de Burrón, una güerita de ideas fantásticas y
carácter indomable que encarna a partes iguales la imaginación, la
rebeldía y la avaricia, aunque quizás esta última esté provocada por los
perennes problemas económicos en los que se encuentra sumida su
familia, dependiente del «Rizo de Oro», la peluquería regentada por su
grisáceo marido, Regino Burrón. Todo lo que tiene Borola de exuberante,
lo tiene Regino de anodino. El resto de la familia lo completan los
hijos Regino («Tejocote») y Macuca, y el ahijado Fóforo Cantarranas,
acogido por los Burrón para salvarlo de sus padres borrachos. Ah, y el
perro Wilson.
(Borola encabeza a una banda de amas de casa atracadoras de supermercados)
Pero La familia Burrón
tiene un campo de acción muy amplio que permite que haya un gran número
de personajes en órbita continua acaparando su cuota de protagonismo.
Esos personajes conforman el paisaje de la vecindad (un concepto
clave para entender la sociología urbana del México moderno) de los
Burrón, pero también los extremos sociales de la nación, que llegan
desde la tía de Borola, Cristeta, una oronda multimillonaria que lleva
una vida muelle, hasta el hermano de Borola, Ruperto, antiguo ratero que
oculta permanentemente su rostro.
(El vecindario, hábitat natural del pueblo)
Con
frecuencia el amor y el dinero, es decir, lo ideal y lo material, son
los móviles de las historietas de Vargas. En un episodio (23 de
diciembre de 1973), un compañero de clase se enamora de Macuca, y al
quejarse ésta a su madre del acoso del chamaco, Borola intenta en primer
lugar ahuyentar al joven a mosquetazos. Sin embargo, cuando la trama se
complica, la madre intenta aprovechar la ocasión para sacar dinero a
los padres ricos del pretendiente, sin conseguirlo finalmente. Sobre el
optimismo inmarcesible de Borola pesa siempre el espectro del hambre,
que la anima a poner en marcha sin escrúpulo alguno cualquier plan que
le sirva para escapar de las necesidades.
(Borola, mujer de armas tomar, pone a prueba el poder disuasorio de su trabuco)
En
otro episodio (9 de diciembre de 1973), Cristeta es objeto del deseo de
dos aristocráticos pretendientes que compiten por su corazón, aunque
ninguno lo consigue. Haciendo caso omiso de la indiferencia de la
«gordis», ambos enamorados se baten en duelo, con tan mala suerte que
acribillan a la propia Cristeta, quien intentaba impedir el fatal
enfrentamiento.
Como consecuencia de este accidente, Cristeta les saca una indemnización millonaria, sin ni siquiera pretenderlo.
Comparando
una historia con otra, vemos cómo los desgraciados lo son siempre, no
importa cuánto se esfuercen por abandonar su condición, y cómo sin
embargo el destino ayuda a los que ya son afortunados. Cuesta saber si
Vargas está ejerciendo una visión crítica de la sociedad o simplemente
resignándose a un fatalismo conservador. La mayoría de las historias
plantean esta dualidad, de tal manera que gran parte de la
interpretación está en la ideología del lector. Lo cual, probablemente,
es una de las cosas que hace grande a esta serie.
Otra
es, por supuesto, el uso del lenguaje tan imaginativo y personal que
hace Vargas, a quien casi hay que leer con un diccionario de argot en la
mano. De hecho, Vargas se inventaba expresiones y términos, un poco a
la manera de los historietistas de Bruguera que en España, en la misma
época, estaban haciendo su propio retrato social en clave de humor
amargo. Pero La familia Burrón no es una versión mexicana de Carpanta o Las hermanas Gilda, ni mucho menos. Ni siquiera de La familia Ulises.
Para empezar, el humor no es el amo y señor de la narración, los gags
no son obligatorios, y con frecuencia los finales de las historietas no
es que tiendan al humor negro, es que son directamente anticlimáticos.
Además, Vargas no trabaja en historietas de una página, sino en
historias largas (más de treinta páginas por episodio) que permiten
desarrollos argumentales más emparentados con Los Simpson que con nuestras breves historietas cómicas.
Una de las cosas que más me llama la atención de La familia Burrón
es el chocante contraste entre su apariencia gráfica y su contenido
literario. A simple vista, no parece la historieta más interesante del
mundo, con su diseño de página absolutamente formulario (por lo general,
cuatro viñetas del mismo tamaño) y un dibujo redondeado, amable e
infantil que no revela lo áspero y cruel de muchas de sus historias. De
hecho, es normal que los personajes estén siempre sonriendo, incluso en los momentos más dramáticos y violentos, lo cual me produce una sensación de extrañamiento aún mayor.

No me cabe duda de que La familia Burrón
es una de las grandes series familiares del cómic mundial. Por su
amplitud, pero también por su profundidad. No se me ocurre ningún título
comparable en España, ningún título que durante sesenta años haya
estado ofreciendo historias largas cada semana de un elenco de
personajes tan diverso y que haya hecho un retrato tan ambicioso de
nuestra sociedad. Pero sí es cierto que, con uno u otro formato, las
series familiares han sido un hito del cómic popular en todo el mundo.
Y, si al hablar de otro tipo de cómics, como El pecado de Oyuki,
decía que pertenecen a otro tiempo y otras circunstancias que ya no se
van a repetir, sin embargo me cuesta más entender por qué se han dejado
de hacer estos cómics familiares. Creo que la familia y la sociedad,
tratadas con sentido crítico y tono humorístico, siguen siendo un tema
pertinente y actual, y por tanto comercial, en nuestra sociedad como en
las anteriores. Véase, y lo vuelvo a sacar a colación, el ejemplo de Los Simpson. ¿Por qué nos hemos olvidado de eso en el mundo del cómic?





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