ENTREVISTA A DON GABRIEL VARGAS

 



En 1918 nace Gabriel Vargas Bernal en Tulancingo Hidalgo. La precocidad es uno de sus signos. En 1927, a los nueve años, gana un concurso de dibujo internacional infantil en Osaka, Japón. 

Y en 1930, obtiene una beca, que no ejerce, para estudiar dibujo en París. 

Don Gabriel Vargas 

Desde muy chiquillo empecé a dibujar en la escuela primaria.

Me encargaron que entrara a un concurso que se hacía del día del tránsito. 



Me puse a dibujarlo, pero ya faltaba poco para que yo, saliera de la escuela primaria. Y no lo acabé de hacer, no lo acabé de hacer, porque mi madre me impedía que yo dibujara. Me decían, no, tú no, te vas a ganar la vida pintando monos. 

Tú debes de estudiar la escuela, la preparatoria, alguna profesión, doctor, abogado, alguna profesión, pero de pintar monos, no. Así que, salí de la escuela y me llevé mi dibujo, ya casi terminado, pero le faltaba como un metro todo de dibujo, un dibujo grande. Y no me dejaron en la casa dibujar. 

Lo tenía que hacer escondido de mi madre. Y como no me daban para tinta china, porque mi madre no me daba dinero para dibujar, pues menos me lo daba. Fui con unos chinitos a que me dieran los cabitos de la tinta china auténtica. 

Le decía, no, me regalas tantito china. ¿Para qué la quieres? Para dibujar. Total que me daban cabitos que se echaban en agua y se hacía tinta china, no muy intensamente negra, pero sí pintaba bien. 

Con eso acabé mi dibujo, con esa tinta china de los chinitos. Fui tan torpe que yo me imaginaba que cuando mi madre me fue a inscribir en la escuela secundaria, yo podía ir días después, no cuando lo marcaron en la escuela. Dejé de ir 15 días. 

Y un día mi madre me recibió con la noticia de que le había llegado una carta de la escuela secundaria, donde me decían que me borraban de la lista por no haberse asistido ni una sola vez a clases. Cuando recibió la carta mi madre se enojó tremendamente. Tremendamente se enojó. 

Así que cuando yo salí de la educación y llegaba a mi casa, no me daban de comer. Tocaba yo, mamá, ¿puedo entrar? No, usted no, no tiene derecho a nada. Total que eran las seis de la tarde y me decían que pasara yo a comer. 

Yo me extrañaba que la mesita que mi madre me ponía, estaba bien arregladita, su mantel muy blanco, mi servilletita y todo. Desde el primer día me dio tentación de que me atendiera muy bien. Antes, ¿cómo usted?. 

Y un día el director de la escuela me dijo, mira, ya que no te aceptaron en la secundaria, llévalos los dibujos a un tal ministro de educación. Llévalos. Yo sé que tenía algún valor. 

Bueno, agarraba mis dibujitos, los enrollaba yo, y me los llevaba. Nunca podía ver al ministro. Por más que hacía guardia, no veía al ministro. 

Pasaron varios días y finalmente, con la ayuda de un policía, el niño Gabriel pudo hablar con el entonces director de Cultura del Instituto Nacional de Bellas Artes, Alfonso Pruneda. Le extendí el dibujote, se quedó mirando. ¿Tú lo hiciste? Sí, señor.

Luego tomó el teléfono y llamó al jefe del departamento de dibujo y trabajos manuales. Era don Juan Olaguibez, el que hizo la Diana Casadora. Llegó un señor ahí que después supe que fue don Antonio Castro. 

Se le quedó mirando y dice, este es un verdadero código. Hablaban entre ellos cosas muy interesantes. Yo nada más me quedaba ahí mirándolos. 

Luego dijeron, mira, mañana vienes con tu madre a esta hora. Llegué a mi casa y toqué el vistillo porque no me dejaban entrar a comer. Ya viene Mamá, no mi Mama está ocupada. Dile que venga. No dice que no viene. 

Que no mereces tú tratar con ella. A las seis de la tarde, toqué otra vez. Ya me abrieron para comer. 

Mamá, el ministro quiere que lo vaya a ver. ¿Cuál ministro? Pues un señor de allá de Educación quiere que lo vaya a ver. Me dijo, no, vais a fallar que te espera a las dos del día. 

No voy. No voy. Así como eres tú de mentiroso, eres un mentiroso con tu madre. 

¿Cómo voy a presentarme allí, si no sé si sea verdad quien me llama? Pues si es el ministro, mamá. No, no voy. 

Al día siguiente, Gabriel Vargas se presentó con el ministro de Educación, quien tras escuchar su triste explicación, escribió una carta dirigida a la madre de Gabriel. 

Pasé lo que le dije a mi mamá. Mira, ahí está la carta. Se la leí y la abrió. 

La abrí, viene firmada por el ministro. Pues sí, tú me dijiste que solamente si ibas, me la dio el ministro. 

Entonces se presentó al día siguiente con el ministro. Señora, hemos estado hablando de su hijo. Y hemos decidido mandarlo a Europa a estudiar. 

Supongo que usted estará de acuerdo. Y el niño también. Iba mi mamá feliz en la calle. 

Y me decía mi mamá, estoy toda arrepentida de haberme portado contigo, como me he portado. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Dijo, he sido muy cruel contigo. 

Porque no te dejaba dibujar. Mandaba ordenar que apagaban los focos, para que no pudieras trabajar. Yo no creía que fuera una profesión. 

Pero lo único que me satisface, a pesar de verte castigado con energía, es que cuando comías, comías muy bien. Cuando faltaban ya pocos meses para irme, como un mes y días o un mes, yo le dije, ya no me voy para Europa. Y, ¿por qué no te vas? No, mamá, yo no. 

Yo no me voy. Yo quiero ayudarte aquí en México. ¿Y por qué? Porque tú estás trabajando. 

Y no quiero yo que trabajes. Dijo, ¿Pero cómo es posible que vayas a hacer esta cosa cuando ya te comprometiste? Dije, sí, yo no me voy. Mi mamá tuvo que ir a educación. 

Así el ministro, porque no iba a ir siempre a Europa. Dijo, bueno, si no, ¿en qué quieres trabajar? En un periódico. ¿En cuál? Dije Excélsior, porque el periódico que compraba mi madre en la casa. 

Y pues dije en Excélsior. Me dieron cartas para Ernesto García Cabral, para Marianito Martínez. Y me hicieron un recibimiento tremendo en la redacción de Excélsior. 

Luego me hicieron fotografías, me hicieron artículos en revista a revista, en el periódico Excélsior. Me atendieron muy bien. Y allí me quedé. 

Así fue como Gabriel Vargas consiguió un empleo como dibujante en el periódico Excélsior, realizando ilustraciones para diversos suplementos. Se inició como ayudante de Ernesto García Cabral, uno de los más conocidos caricaturistas de la época, colaborando con tiras cómicas en la revista Jueves de Excélsior. 

En Excélsior me formé de muy joven. A un grado tal que cuando cumplí 17 años me hicieron jefe del departamento del dibujo. Y se armó un revuelo tremendo, porque a mí me hicieron jefe del departamento del dibujo porque yo me pasaba la vida encerrada en el dibujo. Llegaba a las 7 o 6 de la mañana y me iba a las 12 o 1 de la mañana. 

Todo el día, así que cuando necesitaban algo en la redacción, me decían, Varguitas y, bajaba yo, Vargas, fotografías, dibujos y todo. Y los jefes del departamento casi nunca estaban y yo siempre estaba. Pero yo tuve que dejar el departamento al año porque me hacían algunas maldades muy feas. 

Algunas maldades como es quemarme los originales. Entre ellos uno les decían, Cabral, los hacían perdidizos, los textos, los anuncios. Total que yo andaba siempre loco buscando texto, buscando dibujos. 

Yo sentía cosas terribles en mí. Yo era muy responsable, así que yo sufría horrible. Hasta Llegar al año, fui a ver a Don Gilberto. 

Desde ese instante hasta me voy a separar de Excélsior. ¿Pero cómo te vas a separar de Excélsior? Sí, señor. Yo en Excélsior llegué a ganar 37 pesos semanarios. 

Hace muchísimos años. Unos pesos grandes. 37 pesos. 

Me ofrecieron un trabajo, donde me daban mil pesos semanales. Yo no voy a aceptar ese trabajo, aunque sabía que podía resolverlo. Podría, nunca quise aceptarlo. 

Estaba muy bien pagado. Me decía el dueño de esa editorial, Don José García Barzaca, hombre, te ofrezco esto, vente conmigo. Yo sé lo que ganas aquí. 

Pues sí, y estoy a gusto. Total, que el día que yo decidí salirme de Excélsior, le hablé por teléfono al señor García Barzaca y me citó en su despacho. Y me reiteró lo que me había dicho. 

Mil pesos semanales. De 37, a mil pesos, mucha diferencia. Pero claro que yo iba a adquirir una responsabilidad tremenda, como era hacerme, hasta dibujar una historia, una historieta, cosa que jamás en la vida lo había hecho. 

Vargas aceptó el desafío y salió a recorrer las calles de la ciudad en busca de inspiración. 

Me dijo el señor García, quiero que hagas una historieta que tenga éxito. Las historietas han agarrado mucho auge en México y hay buenos historietistas. 

Yo creo que tú puedes, oh señor, yo apenas voy a empezar, no puedo prometerle nada si desconozco yo, lo que es hacer una historieta. Esto es dibujos en serio. Y de buena primera, meterme a hacer una historieta, para mí es lo más grande que me ha ocurrido, una gran responsabilidad. 

Pues estoy buscando yo. Y encontré la forma de idear las cosas, entonces empecé la historia que se llamó Don Jilemón Metralla. Fue la primera historieta que yo hice. 

Presenté mis cartones con el coronel García y me dijo, vas a hacer esto, me parece buena idea, porque hay los supersabios, tú vas a ser los superlocos. 

Los superlocos es en verdad original. Su personaje central, Don Jilemón Metralla, es un hombre rapaz y canallesco, que inspira sin embargo toda suerte de simpatías. 

A los niños les divierte su impudicia, los jóvenes le roban el estilo verbal, los adultos reconocen en su proceder las tácticas de políticos y empresarios. Hábil, sin escrúpulos, convenenciero, estafador y siempre a disposición de las circunstancias. Vargas intenta por primera vez otorgarnos personajes clave, símbolos de un México al alcance del cómic.

En Don Gilemón Metralla Vargas aún no afinaba su estilo y, con todo, se situaba ahí en una línea nueva, el cómic original. 

Una historieta como crítica y sátira de la sociedad. 

Y así se llamó mi historieta los superlocos, corrí con suerte, porque jamás en mi vida, había hecho caricaturas, hice las caricaturas y gustaron. 

Poco a poco fue subiendo, el tiraje de la revista, hasta alcanzar algo considerable, y el éxito venía acompañado, de que hiciera más cartones, primero hacia cuatro paginitas del Pepín. 

Después ocho. Después doce. Y después dieciséis. 

Ya era imposible con tanto trabajo. Y me recuerdo que un día hubo un disgusto por mi forma de trabajar. Yo trabajaba todo el día. 

Un día entregué mi trabajo, como cerca de las dos de la mañana. Llegué y me recibió el jefe de rotativas muy mal. Ahora No, este no. 

Pero bueno, usando puras palabras en español grandotas. Le digo al señor, lo que yo nunca he tolerado en la vida es que alguien me diga una majadería. Nunca le he tolerado en mi vida. 

Así que menos lo voy a tolerar a usted. Pues no, ¿qué son, quién de qué? Pum, que rompo los cartones, que los tiro. Pero ¿para qué los rompió? ¿Para qué me ofendió? No, ¿y ahora qué vamos a hacer? Pues no sé, ¿qué me salgo? Se enteró el señor García de lo que pasaba. 

El señor, dígame. Oiga, me dijeron que usted hizo pedazos, las historietas. Se hubiera arreglado conmigo. 

Pues no entiendo, ¿qué pasó? Entonces yo le expliqué a él, lo que había pasado. El señor me recibió con majaderías en lugar de recibirme sino con bombas y platillos, así como la gente, porque había trabajado todo el día a lo desesperado, yo y mis ayudantes. 

Me recibe así. Pero no las hubiera roto. No, pues ya ni modo.

Seguí trabajando a las órdenes del coronel. Me esperaron un día para entregar la continuación de la historia del paquete que hice pedazos. Y así fue como... mes Deshice de Don Filemón y por una apuesta estúpida lo cambié por la familia Burrón. 

En ese tiempo tenía la amistad de un amigo mío que se llamaba Armando Ferrari. Y un día en un banquete, me dijo a que tú no haces una mujer en lugar de un hombre. Bueno, pues le ponemos algo. 

Diez mil pesos. En ese tiempo era mucho dinero. Diez mil pesos, unos pesos grandotes. 

Bueno, se me hizo fácil aceptar la apuesta. Comencé a pensar qué hacer. Y se me ocurrió hacer la familia Burrón. 

Y lo empecé a hacer. Entonces el dueño de la empresa no estaba en México y me habló por teléfono de haya. Me acaban de avisar que usted no está entregando...a Don Jilemón está entregando una cosa nueva. 

Pues sí, señor. No fue tanto. Le voy a demostrar lo que se puede hacer. 

No. Estoy disgustado con usted porque nosotros no... Eso es un negocio. No para jugar con el dinero. 

Es un negocio. Pues sí, señor. Ya la hice y ni modo. 

Voy a México tantos días. Quiero volver con usted. Llegó a México. 

Nos mandó a llamar inmediatamente. Me dice, oiga, no lo hubiera hecho, Varguitas. Su historieta gusta mucho y la quita cuando está en su apogeo. 

No hay derecho. Le vuelvo a repetir que yo tengo un negocio, una cosa de apuestas. Bueno, si cometí algo malo, renuncio al trabajo. 

Desde este momento me separo de la empresa. No, no, no. Tanto como eso, no. 

Pues sí, señor. No lo puedo arreglar de otra forma. Ya me comprometí con mi amigo. 

Pero cómo es posible que ponga usted en juego una cosa que tiene ahí, con una cosa que apenas empieza. Pues ya me comprometí Coronel. Si usted quiere que siga, tengo que seguir haciendo la Familia Burrón. 

La Familia Burrón gira temáticamente en torno a un personaje. Borola Tacuche de Burrón. La mujer que manda. 

La versión femenina de Don Jilemón Metralla. Sin escrúpulos, desfachatada y cínica. Provista de una regocijante vanidad, Borola es el personaje con mayor vida en la historieta. 

Nada la arredra. Organiza peleas de box entre mujeres. Convierte a su vecindad en una selva. 

Y toda suerte de fiestas. Como contrapunto de tal fuerza de la naturaleza, Vargas opone reflexivamente al esposo, Don Regino Burrón, propietario del Rizo de Oro, encarnación del orden y la propiedad. 

Conocí un matrimonio de un señor y una señora. 

La señora era una señora gorda, de pecho muy turgente y alta. Y su marido era un hombre chaparrito. Era abogado. 

Pero eso lo vi cuando era yo chiquitillo. Chiquito. Cuando me vino la idea, me acordé de ese matrimonio que la señora mandaba al señor. 

En todo lo mandaba. Por ejemplo, lo que yo recuerdo con mucha tentación, que le decía, oye, ¿por qué no te fuiste por la leche? Ahorita voy. Era abogado, el Señor, siempre estaba trabajando. 

Pues anda, vete rápido, mira tú, que voy a comer. Entonces traerte el pan, se ponía encima de la pijama su pantalón, para salir más pronto. Total, que esa tentación cuidaba que la señora tuviera dominio completo sobre el señor. 

Y se me grabó mucho. La señora era una señora, como antes, llena de vida, que le gustaba arreglarse en el tocador. Siempre la veías arreglando. 

La veía yo porque iba a jugar con su hijito. Y ahí nació Doña Borola. Nada más que en lugar de hacerla una señora gorda, la hice flaca. 

Flaca, pues, por una cosa mañosa, que es más fácil manejar una figurita así. 

Así creó la familia Burrón, formada por un peluquero honrado y trabajador, una mujer voluntariosa y entrometida, y sus hijos, Regino Chico, Macuca y Foforito. Es un gran fresco de la vida contemporánea y una válida introducción de la comedia humana de nuestro país. 

Gabriel Vargas fue considerado como uno de los sociólogos contemporáneos más importantes del mundo por retratar fielmente la vida urbana de México a través de su historieta, La familia Burrón. 

Claro que para conocer el verdadero México, dentro del gran trabajo que tenía yo, un cúmulo espantoso de trabajo, urdí por las noches salir con un grupo de amigos. De las nueve de la noche a las dos de la mañana andaba yo con mis amigos por las calles. 

Hace muchos años eran diferentes las calles. Era muy animado. Por ejemplo, San Juan de Letrán era muy animado. 

Iba yo a los teatros, a las carpas, a los cafés, a cualquier lugar donde hubiera gente que yo pudiera verla y además oír su vocablo. 

La familia Burrón es la primera historieta que recurre a eso que llamamos el lenguaje y el sentimiento del espíritu popular para entregarnos, como ningún otro cómic, momentos extraordinarios de alegría salvaje y transmitirnos un gozo de vivir. Gabriel Vargas rescató el lenguaje popular de los barrios de la ciudad. 

Usaba las palabras que se le ocurrían, expresiones como me duele la cholla o está de rechupete y estuvo a todo mecate. Populariza términos. Los policías son azules o acólitos del diablo, los ladrones, amigos de lo ajeno y la comida la hora de mover el bigote. 

Lo suyo es flexibilizar el idioma y por eso inventa o reproduce lo más vivo y de mayor colorido en el habla popular. Además de la familia Burrón, que comenzó a publicarse en diciembre de 1948. 

Gabriel Vargas fue creador de otras historietas que representaban la cultura e idiosincrasia mexicana, como Los Chiflados, El Caballero Rojo, Los del 12, Frank Piernas Muertas, La vida de Pancho Villa, Virola y Piolita y Los Súper Locos. 

Y así era como yo hice tantas historietas. 

Entonces la familia Burrón ha perdurado mucho. Porque desde que empezó era la que más se vendía, la que más pedían. Pues es que cuando me salí del periódico El Sol la siguió haciendo ya por mi cuenta la familia Burrón. 

Yo tuve una enfermedad terrible que es perder la memoria. 

Yo perdí la memoria de no saber cómo me llamaba, el valor del dinero, si tenía madre, si tenía hermano, no sabía nada. Se vive otra personalidad. Y los médicos me dijeron, si te has dado una amnesia profunda no sales de ella, toda la vida. 

Yo no sabía cuándo me dio eso, no sabía quién era yo, no sabía en qué trabajaba. Yo me veía las manos, ¿en qué trabajaré que las tengo tan lisitas? ¿En qué trabajaré? No pude jamás pensar que yo era dibujante. Y por eso cuando me enfermé, cuando me dio una enfermedad gravísima, renuncié a todo. Y nada más me quedé con la familia Burrón. 

Gabriel Vargas está aquí todavía y va a seguirlo estando durante muchos años porque nos llenó la vida de rizos de oro y de peluqueros, torteros, cilindreros chaparritos, honestos como ellos solos, de borrachitos muy simpáticos y panaderos que llevaban el pan en una inmensa canasta encima de su cabeza. Nos llevó a tomar caldos a la indianilla para la cruda y a sus rejinitos, susanos cantarranas y Briagobertos memelas, los hizo hablar en la forma más educativa y deleitosa posible.

Grupo de la Familia Burron

 

 

Publicar un comentario

0 Comentarios