Era domingo en el barrio, y como buen domingo, Borola Tacuche ya andaba desde temprano con una misión clara: ir al mercado de las chácharas, ese lugar mágico donde uno podía encontrar desde una licuadora sin aspas… hasta un radio que solo sintonizaba estaciones del pasado.

—¡Ándale, Ruperto! —decía Borola jaloneando a su hermano Ruperto Tacuche—. Hoy siento que vamos a encontrar algo importante… ¡algo que cambiará nuestras vidas!

—Eso dijiste la vez que compraste aquel gallo mecánico que cantaba a las tres de la mañana —respondió Ruperto—. ¡Casi me infarta!

—¡Ese gallo era visionario! —replicó Borola—. El problema es que tú no sabes apreciar la tecnología.

Llegaron al mercado, un caos delicioso de puestos, vendedores gritones y objetos que parecían tener más historia que el calendario. Entre montones de radios viejos, relojes descompuestos y máquinas rarísimas, un puesto en particular llamó la atención de Ruperto.

—Mira eso, Borola…

Sobre una mesa polvorienta había un aparato extraño: parecía una mezcla entre televisión antigua, tostadora y casco de astronauta. Tenía perillas, antenas y una etiqueta medio caída que decía: “CRONOVISOR – Vea el pasado como si fuera presente”.

—¡Ay, Ruperto! —dijo Borola con los ojos brillando—. ¡Esto está hecho para mí!

El vendedor, un señor flaco con voz misteriosa, se acercó.

—No es cualquier aparato… es un Cronovisor. Con él pueden ver hechos históricos… directamente… como si estuvieran ahí.

—¿Y no explota? —preguntó Ruperto con cautela.

—Solo si le mueven mal la perilla del tiempo… pero fuera de eso, es seguro —respondió el vendedor, encogiéndose de hombros.

—¡Nos lo llevamos! —dijo Borola sin pensarlo.

—¡Pero Borola! —protestó Ruperto—. ¿Y si vemos algo peligroso?

—¡Ay, por favor! Peor que ver la cuenta de la luz no puede ser.


De vuelta en casa, instalaron el Cronovisor en la sala. Don Regino miraba con desconfianza.

—Eso no me gusta nada… cada vez que traen algo raro, terminamos peor que antes.

—¡Cállate, Regino! —dijo Borola—. Hoy vamos a aprender historia… pero de la buena.

Ruperto conectó el aparato. Las luces parpadearon.

—A ver… dice aquí: “Seleccione época y evento”… ¿Qué tal si empezamos con algo sencillo?

Borola giró una perilla al azar.

—¡Quiero ver la Independencia de México! ¡A ver si ese tal Hidalgo sí gritaba tan fuerte!

El aparato zumbó… y de pronto, en la pantalla apareció una escena vívida: la madrugada del famoso Grito.

—¡Viva México! —se escuchó.

Borola se acercó tanto que casi mete la cabeza en la pantalla.

—¡Mira nada más! ¡Sí gritaba fuerte! ¡Pero qué desorden traen! Nadie trae uniforme, nadie trae lista… ¡así cómo!

Ruperto tomó nota.

—Interesante… caos organizado.

De pronto, Borola gritó:

—¡Ruperto, súbele el volumen! ¡Quiero escuchar el chisme completo!

Pero al mover una palanca… el Cronovisor hizo un ruido raro.

—¿Qué hiciste? —preguntó Ruperto.

—Nada… creo…

¡ZAZ! La imagen cambió.

Ahora estaban viendo el México prehispánico. Guerreros, templos, mercado… todo en movimiento.

—¡Ay nanita! —dijo Borola—. ¡Estos sí sabían hacer mercados! Mira nada más ese tianguis… ¡qué organización!

—Silencio… —dijo Ruperto—. Creo que estamos viendo Tenochtitlán.

Borola cruzó los brazos.

—Pues muy bonito y todo… pero seguro no regateaban. Eso sí es un atraso.

De repente, un comerciante en la pantalla pareció mirar directamente hacia ellos.

—Oye… —susurró Ruperto—. ¿Viste eso?

—¡Sí! ¡Creo que nos vio!

Ambos se quedaron quietos.

—¡Apágalo! —dijo Borola.

—¡No sé cuál botón es!

El Cronovisor cambió otra vez.

Ahora estaban viendo la Revolución Mexicana. Caballos, balazos, sombreros enormes.

—¡Agáchate! —gritó Borola, tirándose al suelo aunque la escena era solo una proyección.

—¡Es una imagen! —dijo Ruperto—. ¡No nos pueden disparar!

—¡Pues por si acaso!

Un revolucionario gritó algo… y Borola comentó:

—¡Ese sí tiene carácter! ¡Así se protesta! No como los de ahora que nomás se quejan en la esquina.


Después de varios intentos fallidos, lograron estabilizar el aparato.

—A ver —dijo Ruperto—. Vamos a algo más tranquilo… ¿qué tal la época de los dinosaurios?

—¡Eso quiero ver! —dijo Borola—. ¡A ver si eran tan grandes como dicen!

La pantalla mostró un enorme dinosaurio caminando.

Borola abrió los ojos.

—¡Ay, Ruperto! ¡Ese sí está grandote! ¡Imagínate uno de esos en la vecindad!

—No cabría ni en la calle…

—¡Y Regino quejándose de los gatos!

De pronto, el dinosaurio rugió tan fuerte que el aparato vibró.

—¡Apágalo ya! —gritó Borola—. ¡Ese sí me dio nervios!


Finalmente, tras apagar el Cronovisor, ambos quedaron en silencio.

Don Regino los miró.

—¿Y? ¿Valió la pena su cháchara?

Borola sonrió, orgullosa.

—¡Claro que sí! ¡Hoy aprendí más historia que en toda mi vida!

—¿Como qué? —preguntó Regino.

Borola levantó el dedo:

—Que el pasado era un caos… pero sabroso. Que la gente gritaba más… pero también vivía más intenso. Y que, no importa la época… siempre hace falta alguien como yo para poner orden.

Ruperto soltó una carcajada.

—Eso sí no cambia en ningún tiempo.

Borola miró el Cronovisor.

—Oye, Ruperto… mañana lo volvemos a prender.

—¿Para qué?

—¡Quiero ver quién inventó el mole… y si lo hizo mejor que yo!

Y así, entre historia, desastres y carcajadas, Borola y Ruperto descubrieron que el pasado puede ser fascinante… pero definitivamente, más divertido cuando se ve desde la sala de la casa Burrón.