Una tarde
nublada, de esas que hacen que hasta los perros bostecen con flojera, Borola
Tacuche estaba en la puerta de su casa barriendo… bueno, más bien
levantando el polvo para que pareciera que barría, cuando llegó su hermano Ruperto
Tacuche, con una sonrisa misteriosa y un mapa viejo en la mano.
—¡Borola!
—exclamó Ruperto—. ¡Hoy nos espera una aventura de ultratumba!
—¡Ay,
Ruperto! —respondió Borola, sin dejar de mover la escoba—. La última vez que
dijiste eso acabamos en la azotea de un vecino huyendo de un gallo bravo.
—¡No, no,
no! Esta vez es diferente —dijo Ruperto, extendiendo el mapa—. He descubierto
la ubicación de un castillo embrujado a las afueras de la ciudad. ¡Dicen que
está lleno de fantasmas!
Borola
abrió los ojos, primero de susto… y luego de emoción.
—¿Fantasmas?
¿De esos que asustan o de los que se pueden convencer con un buen mole?
—Pues… no
lo sé —respondió Ruperto—. Pero dicen que custodian un tesoro escondido.
Eso fue
suficiente.
—¡Regino!
—gritó Borola hacia el interior de la casa—. ¡No nos esperes para cenar! ¡Vamos
a hacer una visita cultural!
—¡Eso
suena a problema! —respondió don Regino desde dentro—. ¡No se metan en líos!
Pero ya
era tarde. Borola y Ruperto iban rumbo al famoso castillo.
El
castillo era una construcción vieja, enorme y medio derruida, con torres
chuecas y ventanas que parecían ojos vigilantes. El viento silbaba entre las
piedras, y una puerta rechinante se abrió sola cuando llegaron.
—¡Ay,
Ruperto! —susurró Borola—. Esto sí da miedito… pero tantito.
—No te
preocupes, hermanita —dijo Ruperto—. Si aparece un fantasma, yo lo distraigo y
tú buscas el tesoro.
—¡Ah, qué
considerado! —respondió Borola con sarcasmo.
Entraron.
El lugar estaba oscuro, lleno de telarañas y con un eco que hacía que cualquier
pasito sonara como desfile militar.
De
repente…
—Uuuuuuuuuuh…
—se escuchó una voz fantasmal.
Borola se
quedó congelada… por dos segundos.
—¡A mí no
me asustas! —gritó—. ¡He sobrevivido a los precios del mercado y a las deudas
de Regino!
Un
fantasma apareció flotando frente a ellos: pálido, con cadenas y una sábana
medio rota.
—Soy el
espíritu del castillo… —dijo con voz lúgubre—. ¡Salgan o sufrirán mi maldición!
Ruperto
lo miró detenidamente.
—Oiga,
joven… ¿no será usted el velador con sábana?
El
fantasma dudó.
—Eh… no…
yo soy un alma en pena…
—¡Ajá!
—dijo Borola, acercándose—. ¡Pues tu pena se te ve muy planchadita! ¿Quién te
almidonó la sábana?
El
fantasma empezó a ponerse nervioso.
—Bueno…
es que… me gusta verme presentable…
Antes de
que pudiera continuar, otro fantasma apareció… y luego otro… y otro más. Pero
todos tenían algo raro: uno llevaba tenis abajo de la sábana, otro tenía un
reloj moderno, y uno más estaba comiendo un taco.
Borola
cruzó los brazos.
—¡A ver,
a ver! ¡Aquí algo huele raro! ¡Estos no son fantasmas, son farsantes!
Ruperto,
curioso, levantó la sábana de uno de ellos… ¡y resultó ser un grupo de
ladronzuelos disfrazados!
—¡Nos
descubrieron! —gritó uno.
—¡Corran!
—dijo otro.
Pero
Borola no se dejó.
—¡De aquí
no se va nadie! —exclamó, agarrando una escoba que encontró por ahí—. ¡Con que
espantando gente para quedarse con el castillo, eh!
Ruperto,
inspirado, se puso una de las sábanas.
—¡Ahora
verán lo que es un verdadero fantasma! —dijo, imitando una voz terrorífica—.
¡Soy el espíritu del inspector de sustos mal hechos!
Los
falsos fantasmas, confundidos y asustados, salieron corriendo despavoridos.
Después
del alboroto, el castillo quedó en silencio.
Borola
suspiró.
—¡Ay, qué
decepción! Yo quería ver fantasmas de verdad, no raterillos con sábana.
Ruperto
se rascó la cabeza.
—Bueno…
al menos recuperamos el castillo.
De
pronto… una voz REAL se escuchó detrás de ellos:
—Uuuuuuuuh…
gracias por liberarnos…
Ambos se
quedaron tiesos.
Lentamente
voltearon… y ahora sí, un grupo de fantasmas verdaderos apareció:
transparentes, flotando, con caras amables.
—¡Ay
nanita! —dijo Borola—. ¡Ahora sí son de verdad!
—No teman
—dijo uno—. Esos impostores nos tenían atrapados. Gracias a ustedes, ahora
podemos descansar.
Borola,
recuperando su carácter, puso las manos en la cintura.
—Bueno,
pues de nada… pero ya que estamos en confianza… ¿no tendrán por ahí un tesorito
olvidado?
Los
fantasmas se miraron entre sí… y uno señaló una vieja caja.
Dentro
había… ¡monedas antiguas!
Ruperto
sonrió.
—¡Lo
logramos!
Pero
Borola sacó una moneda, la miró… y suspiró.
—Ay,
Ruperto… esto no sirve en la tiendita. Mejor vámonos.
De
regreso a casa, cubiertos de polvo y con la anécdota en la cabeza, Borola
concluyó:
—Mira,
Ruperto… los fantasmas no dan tanto miedo como los vivos con malas ideas.
—Eso sí
—respondió Ruperto—. Pero al menos estos no cobraban renta.
Y así,
entre sustos, risas y fantasmas medio improvisados, Borola y Ruperto vivieron
otra de sus inolvidables aventuras… demostrando que, en su mundo, hasta los
fantasmas terminan siendo parte del chisme. 👻

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